¿Qué buscaba Félix R. de la Fuente en el Gran Norte donde encontró la muerte?

Colocamos aquí un extracto del libro «Recuperar lo libre: Bisontes ibéricos» de próxima aparición, (el 1 de Mayo de 2021, ver aquí hoja de pedido) en el que, entre otra mucha información sobre el bisonte y sobre Félix, desvelamos lo que buscaba Rodríguez de la Fuente en el Gran Norte de América, donde murió mientras rodaba una carrera de trineos.

¿Porqué viajó Félix en 1979 a Canadá y a Alaska en 1980?

¿Qué le llevó a emprender aquel arriesgado viaje, tanto como que encontró la muerte en él?

Los pueblos de recolectoras–cazadores que había visitado o estudiado en África le aportaron importantes pistas de cómo debían ser nuestros antepasados. Pero los más parecidos a los magdalenienses españoles no podían habitar en la selva tropical como los pigmeos –primeros a los que en 1966 fue a ver en cuanto tuvo oportunidad de viajar al Congo– ni los de la sabana y el desierto del Kalahari de Laurens van der Post; ni mucho menos los del Amazonas que filmó en el Orinoco en 1973, tocados por el Neolítico, como la mayoría de las tribus americanas violentas entre ellas. Ni siquiera los inuit, que dijo haber conocido fugazmente tras leer a Rasmussen, servían para esa comparativa. Los esquimales viven en un clima más extremo que el Cantábrico hace 12.000 años. 

Intentó descubrirlos en el Gran Norte de América. Su afán en el viaje que hizo en 1979 a Canadá y que iba a repetir en 1980, pero murió al día siguiente de llegar, era encontrar al mítico pueblo de recolectoras–cazadores nahedi. Pero no lo halló. Por más que miró y remiró con sus prismáticos en la espesa vegetación y en las escarpadas laderas que bordean el río Nahanni. No quedaba rastro, ¿o sí?

Dice Carlos Llandrés, que acompañó a Rodríguez de la Fuente en aquel viaje por el río Nahanni, que “aprovechando el sol de medianoche nos fuimos solos por aquellos inmensos bosques a buscar algún indicio de los nahedi.

«Un día», cuenta Llandres, «encontró una madera tallada, rota. Se quedó en éxtasis, callado y pensativo durante media hora. Pero cada vez que le sacaba el tema me decía lo mismo: “Carlangas ya te contaré. Esto tendrá su trascendencia…” Nunca pudo contarme nada más y aseguro que muchas noches soñé que, por fin, me lo contaba.” 

No quedaba rastro de los paleolíticos del Noroeste canadiense, pero, mientras ascendía por el río Nahanni, Félix los “vio”. Con su potente cerebro, los vio y los describió. Nos dejó su visión grabada con su voz chamánica en un sublime relato, emitido por Radio Nacional de España el 5 de enero de 1980. En su narración dibuja y describe al pueblo no contactado, etéreo, que buscaba en el Gran Norte, con el que finalmente su energía vital se quedó, cumpliéndose su deseo infantil. Lo hace con todo detalle y enamoramiento.

Nahanni es una palabra de lengua Athabasca, usada hasta 1970 para referirse a grupos nativos de recolectoras–cazadores no contactados de Columbia Británica; Territorios del Noroeste y el Yukón. ¿Tenían los nativos de las frías tierras de Canadá una cultura que permita atisbar la de los españoles y europeos magdalenienses de la era glaciar? ¿Podrían seguir vivos en 1979, sin dejarse contactar?

Ponemos aquí un enlace al audio de este texto. Óyelo. Es otra dimensión. Explica mejor que nada el impacto cerebral de la palabra hablada no escrita, técnica de comunicación paleolítica que Félix descubrió en el eco de la cueva de Altamira mientras contemplaba los bisontes de su bóveda. La puso en práctica con un éxito nunca igualado.

Esta es la transcripción de este relato de Félix Rodríguez de la Fuente:

“Los indios que vivían en el territorio del Nahanni, que es nombre dado por ellos mismos. La tierra de los indios nahedi, tenían la enorme ventaja del río. ¿Qué representaba el río como ventaja? Representaba lo siguiente.

En el mes de octubre o de noviembre, mis queridos amigos, los días se acortan rapidísimamente en estas altas latitudes del norte del Canadá. La temperatura desciende de una manera tan grande, que, de los veinticinco o treinta grados centígrados sobre cero que hace en el mes de julio, en octubre nos podemos encontrar ya con los veinte o treinta grados bajo cero.

El río Nahanni, inmenso, turbulento, de aguas blancas, murmurador, cantarín, se transforma en una inmensa pista de patinaje, se hiela por entero, incluso, a 250 kilómetros de distancia del punto donde estaba el gran campamento tribal de los indios nahedi, donde están las cataratas Virginia, dos veces más altas que las del Niágara, prácticamente desconocidas en el mundo, y que nosotros hemos filmado, no heladas, sino cayendo agua, con unas dos hectáreas de sábana de agua cayendo por aquella catarata. 

Incluso esas cataratas, mis queridos amigos, se hielan. En noviembre son ya piedra. ¿Por qué les cuento esto de que mediado octubre, principios de noviembre se hiela el río, se hiela todo, se hielan los lagos, las lagunas, se cubre todo de nieve? Porque, entonces, los indios nahedi inician su ciclo de caza. ¡Quién hubiera podido estar allí, para ver el ciclo de caza de los indios nahedi! 

Parece ser que, en los primeros días de noviembre, cuando se hiela el río, cuando caen las nieves, tienen ya preparados todos sus elementos. Tienen preparados sus hermosos, largos, y grandes trineos. Trineos hechos con maderas elásticas y deslizables, trineos que van a ser arrastrados por la superficie inmensa, interminable del río, que en muchos de sus tramos tiene un kilómetro largo de anchura, cubierto de unos dedos de nieve, por la más perfecta de las pistas de patinaje. 

Lo cargan todo los indios nahedi. Son cien, doscientos habitantes en el poblado, nunca más. Los niños vestidos con las más preciosas y confortables de las ropas que ustedes puedan imaginarse. Yo he visto, queridos amigos, en los museos indios, en los museos antropológicos del norte del Canadá, las ropas de los indios del Norte, y son algo absolutamente fascinante. ¡Qué carpas de castor!, forradas interiormente con piel de armiño, ¡qué pantalones de caribú!, ¡qué capas de oso!, ¡qué ropa interior!, con piel de somormujo, de ave, fina, como la más fina de las sedas, pegada al cuerpo de los niños y de las vírgenes, ¡qué hermosura de decoración! de dibujo geométrico, hecha con pedacitos minerales que brillan como la más hermosa de las joyas.

Cuando se hiela el río, cuando caen los primeros copos de nieve, cuando la atmósfera de las noches es como un cristal, que la he visto, que la he vivido, que me he emborrachado respirando aquel oxígeno.

Cuando suena en el horizonte la voz del lobo como una campana profunda, que puso en marcha el campanero aquel que nos hizo hace 3.500 millones de años. Entonces, cuando los días son muy cortos, pero las noches de luna son tan claras que lo envuelven todo en una luz azul, irreal, maravillosa, el pueblo nahedi se ponía en marcha hacia la catarata Virginia. Todos en trineo. Los niños vestidos con las preciosas carpas de castor, envueltos los cuerpecillos en ropa interior de somormujo. Todos en los trineos. ¿Y cómo funcionaban aquellos trineos? 

Tenían los indios nahedi –de la misma manera que luego se popularizaron en la tribu también del norte del Canadá y de Alaska de los Malamutes– los más fuertes, los más poderosos, los más vigorosos de los perros para arrastrar trineos. Aquellos perros les trajeron ya los indios de Siberia. Sin los perros, que llevarían domesticados posiblemente 10.000 o 15.000 años, como raza, como animal domesticado por el hombre, no hubieran podido los indios athabaska pasar de Siberia a través del istmo de Bering a América. Posiblemente atravesaron el istmo a bordo de trineos arrastrados por los perros.

Esos perros con las enormes colas enarboladas, ladrando, ¡guau guau guau!, con una alegría infinita, que expresan porque finalmente se van a poner a trabajar. 

En un atardecer –cuando el sol está lamiendo la lámina de hielo del río, y que es como una brújula que marca el lugar hacia el cual se encamina el pueblo nahedi– todos, vestidos como dioses, como príncipes, con hermosas prendas, trabajadas durante las largas noches por las mujeres de la tribu, se van hacia el Norte. 

No queda nada, no queda nadie en el poblado de verano. Se llevan las armas de caza. ¡Hay mis queridos amigos! ¡Mis queridos amigos! Si hubieran ustedes visto en los mismos museos antropológicos de Norteamérica las armas de los indios del norte. ¡Qué armas! Yo había visto, y había disfrutado, incluso utilizado las armas de los indios yanomamo, allá en las lejanas selvas del Orinoco en Venezuela, estos indios fueron los que llegaron antes, los de la primera oleada, los paleo–indios, muy diferentes.

Pero estas armas, estas puntas hechas con las luchaderas del ciervo wapití, con las luchaderas del ciervo bullo, con el diente del narval, con el marfil trabajado con la más bella y las más hermosos de las filigranas, esas resinas de las coníferas del norte, que utilizan aquellos pueblos para embastar la punta de las lanzas, de las azagayas, de las flechas, en el astil, de la más fina, de la más ligera, o de la más pesada, según convenga, de las maderas, el atado que llevan a cabo con tendones extraídos del cuerpo de sus presas, de la punta de sus armas, de piedra, de hueso, o de cuerno a ese astil. Está anudado con tal perfección, está hecho con tanto amor, que es una fascinante, increíble obra de arte. 

Todo el pueblo con armas y bagajes a bordo de los trineos se va hacia el norte. Pero este viaje hacia el norte, que solamente cubre 250 kilómetros del río Nahanni, en una época en que el río es las más cómoda vía de comunicación para los trineos arrastrados por los perros, puesto que está completamente helado y es evidentemente llano como la palma de la mano. 

Estos 250 kilómetros de río, que yo he hecho en verano, por las aguas turbulentas, en barcas de casco de acero y de motor a reacción, que solamente cubre 250 kilómetros, les ocupa a los buenos de los indios los meses de noviembre, diciembre, enero, febrero, marzo y abril. Las etapas son muy cortas, tienen perfectamente marcados los lugares donde montarán los nuevos poblados, los nuevos campamentos. 

¿Por qué se mueven los nativos? ¿Por qué suben a lo largo del río? Por una razón muy sencilla, porque como saben muy bien los buenos cazadores, el hombre que cumple el más antiguo, posiblemente el más hermoso, y hoy uno de los más degradados oficios, que es el de cazador, tiene la sagrada misión, inscrita en el decálogo de su ética, de no presionar excesivamente sobre las poblaciones de animales que le proporcionan, primero el placer, y segundo la proteína que le permite vivir. Y en el caso de los indios, tercero, la razón para creer en algo en este mundo. Es el eslabón cósmico, que une el indio, el hombre, a todo eso que llamamos el Universo. Los indios van cambiando de sitio, siempre a lo largo del río, para no presionar demasiado a los animales que cazan, para no ahuyentarles y para no disminuir sus poblaciones. 

¿Qué cazan los indios nahedi a lo largo de los meses de invierno, en los que van ascendiendo hacia la catarata? Cazan, para alimentarse, fundamentalmente, el alce, ese hermoso cérvido de cerca de mil kilos de peso. Ahí, en los territorios del Noroeste y en el Yukón están los alces más grandes del mundo. Alces alces gigas, es el nombre científico, gigante, el alce gigante. Lo cazan ayudados por los perros, lo cazan con sus flechas certeramente disparadas por sus arcos, lo cazan con sus azagayas, lanzadas con el propulsor, que es ese artefacto de madera que termina también en una especie de cuchara de marfil, perfectamente labrada, y con esa carne suculenta, hermosa, y absolutamente abundante, que, por otra parte, y por eso les hablando de que para un pueblo cazador

el Nahanni es un paraíso, no es necesario ni ahumar ni salar puesto que a la media hora de haber muerto el animal está de duro como una piedra, basta con colgarle en unas plataformas que elevan los indios, tanto para guardar la carne que cazan, como para depositar los cuerpos de sus deudos muertos. Es una medida para que no se les coman los osos o los lobos cuando el indio no está ahí. Pueden ir viviendo tranquilamente, utilizando la proteína del alce, utilizando la proteína del caribú, el woodland caribú, el caribú de bosque o caribú de montaña, como también se le llama, abundantísimo en el Nahanni.

Y dicen –me cuenta el antropólogo, y me cuenta de alguna manera a través de su turbia memoria, mi indio, el indio que me acompaña y que me conduce, mi amigo Sammy– que hablan mucho en las noches largas en el interior de las tiendas de piel de caribú y de piel de oso; que se está muy bien allí dentro; que nadie tiene prisa; que encienden fuegos de madera aromática y que entonces los chamanes de la tribu cuentan las historias del pueblo: «Venimos de allá abajo, del otro lado del horizonte, somos como polvo de estrellas, somos los cazadores, nos alimentamos con el alma de nuestros hermanos, los animales, quizás ese sea nuestro único pecado.» 

Son pueblos apacibles y mientras hablan largamente, y mientras los esposos se aman largamente, y mientras las mujeres cosen, hilan y preparan las pieles largamente, y mientras la vida transcurre hermosamente, los indios nahedi van ascendiendo hasta que llegan al pie mismo de la catarata de Virginia. ¿Se imaginan mis queridos radio oyentes la catarata de Virginia cuando llegan allí los indios en el mes de marzo?

Un muro, de cerca de 200 metros de altura, dos hectáreas de sábana de agua helada. ¿Se imaginan las más increíbles, rutilantes, chispeantes de las estalactitas y las estalagmitas de hielo? ¿Se imaginan la más poderosa de las fronteras, el más sagrado de los muros, donde cumplen viaje los indios nahedi? ¡Qué alegría! cuando llegan allí, a la frontera de su mundo, de su territorio, y allí la gran cascada, petrificada, yerta, muda, silenciosa, esperando que llegue el calor vivificador, los días largos de mayo, para transformarse en una tromba, en un torrente de agua”. 

Será entonces, “cuando la catarata empieza a cantar” –que decían los nahedi– cuando se dejen arrastrar con sus canoas llenas de pieles para regresar al campamento base.”

Puedes ver el viaje en el capítulo correspondiente de la serie El Hombre y la Tierra

https://www.rtve.es/alacarta/videos/el-hombre-y-la-tierra/nahanni/5828899/

El 15 de julio de 1979, aceptando una gentil invitación del gobierno del Canadá, la primera unidad del equipo de «El Hombre y la Tierra» voló desde Whitehorse, capital del estado del Yukón, hasta Nahanni River para explorar 250 kilómetros del río Nahanni y llegar hasta las cataratas Virginia, dos veces más altas que las cataratas de Niágara.

El viaje al Parque Nacional de Nahanni que Félix Rodríguez de la Fuente había soñado a los 14 años, cuando quiso escaparse del internado de Vitoria para perderse en Canadá… Anécdota que narramos extensamente en el libro de su biografía.

Resulta impresionante la similitud de esta búsqueda que hizo FRF de los indios no contactados con la historia llevada a la gran pantalla en la década de 1990 por Tab Murphy, que el portal Decine21 la presenta como “una atractiva película que juega con una posibilidad basada en informes históricos reales. Aparte del sugerente argumento y del notable desarrollo de la película, llaman la atención los excepcionales paisajes de las Rocosas Canadienses. El protagonista, Lewis Gates (Tom Berenger), rastreador profesional, encuentra una flecha. Se pone en contacto con una antropóloga (Bárbara Hershey) que la identifica. Es de una legendaria tribu cheyenne, pero le dice que tiene que ser una réplica, porque la flecha es reciente y la tribu fue extinguida en la matanza de Sand Creek de 1864.

Gates está convencido de que aún viven, ocultos en alguna zona de las montañas, rehuyendo todo contacto con la civilización. Decide ir en su busca. La antropóloga escéptica, considera absurdo su empecinamiento, pero al final le pica la curiosidad y le acompaña. La película alcanza su escena cumbre cuando una patrulla de la tribu no contactada les detecta y los lleva prisioneros a su valle secreto, al que se accede por un túnel detrás de una catarata. La escena del encuentro con los no contactados es digna de ver: