August 19, 2016

Arte

TitoBustilloHorsesEl tarpán, el animal más pintado en el Paleolítico

Según detalla José Luis Sanchidrián en su ‘Manual de arte prehistórico’ (Ed. Ariel), los caballos son los animales dominantes en el arte rupestre paleolítico.

Los porcentajes, basados en los datos disponibles a mediados de los años 90 del pasado siglo XX, son los siguientes: caballos 28,7%, bisontes 22,2%, cabras 9,5%, uros 6,1%, ciervos 5,8%, ciervas 7,3%, mamuts 7,8%, renos 3,7%, osos 1,4%, leones 1,2%, rinocerontes 0,5%, peces 1,0%, humanos 3,5% y diversos 1,3%.

Los primeros en relacionar los caballos pintados en las cuevas hace 15.000 – 25.000 años con ejemplares de esta especie que aun viven libres en los montes ibéricos, fueron el asturiano Miguel Angel García Dory y el burgalés Félix Rodríguez de la Fuente, que en 1969 identificaron los asturcones de la sierra asturiana del Sueve como el animal pintado hace 20.000 años en las cuevas de Ribadesella, a escasos 30 kilómetros de distancia entre ambos lugares.

El 11 de abril de 1968, diez jóvenes espeleologos del grupo Torreblanca de Oviedo, el mayor de ellos Ruperto Álvarez, de 22 años de edad, fueron a explorar la cueva que hay en Ribadesella en la desembocadura del río, a escasos metros de la playa que baña esta localidad asturiana. De camino a cueva de La Lloseta pararon a descansar bajo la cerezal del «Pozu’l Ramu», donde también se conocía una entrada. Pese a las advertencias de un paisano, de que no se adentraran en la chimenea que allí asoma, se descolgaron por la cavidad. Al poco, Adolfo Inda Sanjuán gritó que en una galería lateral había pinturas rupestres. La mala luz de los carburos dejaba ver unos trazos que bien podrían serlo.

Ya de regreso, a Tito, como llamaban a Celestino Fernández Bustillo, de 17 años, se le apagó el carburo. Al encenderlo de nuevo, el fogonazo inicial iluminó la sala con una mayor intensidad, suficiente para ver con toda nitidez la cabeza de un caballo pintado en una especie de camarín. Era la figura que posteriormente haría famosa la cueva. La expresión de júbilo del grupo fue indescriptible. A pesar de su juventud se dieron cuenta que habían descubierto una segunda Altamira. Tito murió tres semanas más tarde, al descender por otra cueva. En memoria del compañero fallecido le dieron su nombre a “la cueva de las pinturas”.

 

 

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