El caballo paleolítico y los caballos ibéricos

Hasta hace muy poquito tiempo, los especialistas tenían claro que había un caballo doméstico, llamado Equus caballus, y un caballo salvaje, Equus przwalskii, que se conservaba fundamentalmente en zoológicos o en régimen de semilibertad.

Todo esto cambió cuando se hizo público este año 2018 que lo que creíamos era el único caballo salvaje vivo era, en realidad, un caballo doméstico cimarrón. Los análisis genéticos eran concluyentes: el caballo de Przwalskii descendía de un grupo de caballos que habían sido domesticados en los primeros tiempos (hacia el 5º o 4º milenio antes de nuestra Era). Por tanto, ya no quedaban caballos salvajes. Eran fantasmas, recuerdos del pasado.

Ahora, los especialistas en taxonomía están decidiendo cómo designar al caballo. O Equus caballus Equus ferus. Uno u otro, pero todos, domésticos y asilvestrados, deberán tener el mismo nombre científico.

Entonces…¿existe alguna relación entre los caballos paleolíticos que nuestros antepasados pintaron en las conmovedoras pinturas de Lascaux y los caballos que, en España, llamamos «salvajes» coloquialmente?. En este post voy a tratar de aclarar este importante asunto, en muchos aspectos aún abierto.

Es indudable que, en la Europa Paleolítica existía un caballo salvaje. Los testimonios paleontológicos y los provenientes del arte parietal así lo testimonian. ¿Qué nos dicen estos hechos? Los restos hallados en los yacimientos vasco-cantábricos indican que el caballo era común hace entre 100.000 y 22.000 años, es decir, en las Culturas Musteriense y Gravetiense. Pero, conforme el clima se hacía más cálido una vez pasado el Último Máximo Glaciar , el caballo se hace más raro en el Solutrense (hace entre 22.000 y 17.000 años), para casi desaparecer durante el Magdaleniense (hace entre 16.500 y 12.000 años).

¿Cómo podemos interpretar estos datos?. Puesto que en esas mismas épocas el caballo seguía siendo común en Aquitania y en la Llanura de Europa del Norte, debemos concluir que se produjo un proceso de migración del caballo en busca de las llanuras abiertas que eran su hábitat ideal y que iban desapareciendo del Sur de Europa, sustituidas por bosques cada vez más densos. No podemos olvidar que el caballo es un animal adaptado a la carrera en espacios amplios.

Los conocimientos actuales sobre la domesticación del caballo nos indican que el testimonio más antiguo de esta domesticación se encuentra en el actual Kazajstán hace 5.500 años, en el seno de la Cultura de Boltai. Este tema se encuentra abierto, ya que se considera que el caballo no fue domesticado en un único lugar y momento, sino que hubo varios eventos de domesticación a lo largo de Eurasia. Sólo que las evidencias arqueológicas muestran lo que muestran.

Es bastante plausible que el caballo doméstico fuera introducido en Europa con las migraciones de pueblos indoeuropeos, hace entre 4.500 y 3.500 años AC. Me parece evidente, también, que el agrotipo del cual deriva el caballo doméstico es el caballo paleolítico, al menos en Eurasia Occidental. Por lo tanto, y dado que la domesticación del caballo tampoco ha introducido cambios físicos demasiado notables en la especie, podemos concluir razonablemente que, entre los caballos salvajes ibéricos, existe una buena parte de ese caballo paleolítico ancestral.

¿A qué llamamos caballos salvajes ibéricos?

Se trata de una serie de razas de caballos que se crían en el monte, en libertad, y que una vez al año se reúnen para la renovación de las estirpes, el marcaje y la retirada de ejemplares que van a ser sometidos a usos varios. Su origen es prerromano, y su existencia y características está documentada en autores romanos, quienes relataban el uso que los guerreros ibéricos les daban. ¿Cuándo fueron introducidos estos caballos semisalvajes en la Península?. Es una cuestión aún no respondida, pero hay indicios de que los pueblos celtas de la Península ya los conocían.

Estos caballos, llamados con más propiedad cántabro-pirenaicos, son seis tipos: el garrano portugués, el galaico de Galicia, el Asturcón de Asturias, el monchino de Cantabria, el losino del Norte de Burgos y la Montaña Palentina, y el pottoka vasco.

Estos caballos deben ser considerados un patrimonio biológico y cultural de primer orden, y su presencia en los montes norteños debe ser fomentada y mantenida por los muchos beneficios que los grandes herbívoros proporcionan, al mantener un monte saneado, protegido de incendios y al remover el suelo en sus desplazamientos, lo que favorece nuevos brotes de plantas.