¿Era Félix Rodríguez de la Fuente partidario de matar lobos?


La polémica sobre si Félix Rodríguez de la Fuente sería partidario de matar lobos o no, me hace aportar a este debate las reflexiones surgidas del análisis de su obra. Félix se asombraría de que la generación que le sucedió discuta sobre lo que decía o dejaba de decir hace medio siglo, para aprobar o reprobar decisiones actuales. Como si una persona que murió hace casi 40 años debiera dirimir lo que hay que hacer hoy.

En efecto, antes de cumplir veinte años, en plena hambruna de los años cuarenta, Félix salió alguna vez de caza escopeta en ristre con sus amigos del pueblo para cazar conejos, y en los años 60 y 70 del pasado siglo XX dijo que el lobo debía ser controlado donde fuera un problema.

Quienes mataron lobos, y todo animal que se puso a su alcance, fueron muchos naturalistas de su época, aclamados pioneros del ecologismo por su labor conservacionista. Aunque sorprenda, se puede haber sido defensor de la marisma de Doñana, de las dehesas de Monfragüe, de laguna de La Nava, del urogallo del bosque cantábrico y, a la vez, haber matado lobos, urogallos, linces, águilas, halcones, avutardas, limícolas y todo animal del que faltara su piel en las colecciones científicas, sin remordimiento, orgulloso de haber hecho avanzar la ciencia de la Taxonomía.

Félix, sin embargo, usó su permiso de “caza científica” solamente para que cazaran sus halcones, no para matar con escopeta, ni siquiera con fines científicos. Como con el lobo, también se polemiza si era partidario de la caza o no. La foto en la que se le ve a los veinte años en una cuadrilla, y el que siempre se pronunciara favorable a la caza, hace pensar que así era. Pero el análisis de su obra revela que Félix querría haber protegido a lo lobos dejando a sus poblaciones regularse de forma natural. Abominaba de la caza deportiva y consideraba la religión, el sistema político y la sociedad actual, consecuencia de la depravación acarreada por la domesticación neolítica.

Despreciaba la caza con escopeta por mucho que tuviera relación afectuosa con sus conocidos, casi todos cazadores. Y digo conocidos, no amigos, por el testimonio que hizo a su colaborador Josechu Lalanda, a finales de enero de 1980, cuando le confesó sentirse “solo y sin amigos”.

Las declaraciones de Félix a favor del control del lobo, de la caza actual, o de la religión, se debieron a su obligación de ser políticamente correcto. Pasajes de su obra, y el analisis de la misma, revelan su convinción de que el hombre debía volver a la alianza con la vida libre no domesticada, y con el lobo en particular, en la que no cabe la opción de eliminar a un animal, ya no al lobo, que sería como matar al compañero de caza y amigo –y de ahí el perro– si no, incluso, ningun otro animal, susceptible de ser considerado presa, como no sea para alimentarse de él con la sacralidad y el respeto con el que el hombre primitivo afrontaba la caza, pidiendo perdón a la naturaleza por verse obligado a alimentarse de ella.

Interpretar que unas declaraciones suyas, emitidas en su día para calmar a los que veían en él un peligro por defender al lobo –y que ahora se airean– prueben que estaba a favor de matar al animal que más admiraba, o descerrajar de un tiro a cualquir otro animal, solo por el placer de matar, es no haber escuchado atentamente el mensaje de Félix.

Félix sería hoy radical. No templaría ya gaitas. No tendría nada que temer, al no estar ya en el contexto histórico en el que hacía esas declaraciones, hace 50 años, cuando era osado plantear, no ya que se protegiera el lobo, sino que no se le extinguiera.

En 1960, con 31 años, cuando no era famoso, Félix tuvo la valentía de pedir a través de una carta al director del diario ABC, que el Gobierno de Franco retirara el decreto de 1953 por el que el dictador ordenó extinguir las especies carnívoras, desde lagartos a águilas pasando por lobos y linces. Eran tiempos en los que aún se fusilaba a los que supusieran un peligro para el régimen fascista, instaurado por el sangriento golpe de estado dado en 1936 por los militares y los defensores del Antiguo Régimen neolítico.

Si en aquella época en la que, por muy hijo del bando vencedor que se fuera, podías acabar denostado, aislado y desterrado, cuando no encarcelado, por contradecir las decisiones del gobierno dictatorial, Félix mostró beligerancia, ¿qué no haría hoy? si en lugar de ver que la sociedad va camino del salto evolutivo hacia el hombre verdadero que él propugnaba, viera que algunos intentan en el canto del cisne del derrumbe del Neolítico al que asistimos a marchas forzadas, retroceder a las posiciones más anacrónicas de la historia.

Al ver cómo en los años sesenta del siglo XX se derrumbaba el sistema pastoril y agrario neolítico, por abandono masivo del campo, propugnó que los espacios mejor conservados se dedicaran a recuperar la vida salvaje. Ponía de ejemplo a Tanzania Y kenia, donde en lugar de dedicar los pastizales del Serengeti, el Ngorongoro y Masai Mara a criar ganado, se priorizó el desarrollo de la industria turística de la naturaleza.

Una de sus primeras acciones en Adena, fundada en 1968, fue ir a Asturias y comprar en 1970 con Miguel Angel García Dory la última manada de caballos salvajes asturcones que vivían libres en las montañas del Sueve. Su idea era reintroducirlos en el Parque Nacional de Covadonga y recuperar el caballo salvaje que los asturianos del Magdaleniense habían pintado hace 12.000 años en la caverna de Tito Bustillo de Ribadesella, descubierta por esas mismas fechas.

Luchó para que Doñana no se convirtiera en un arrozal, Monfragüe en ecucaliptar, Belagua en un embalse, Daimiel en un maizal y Gallocanta en un trigal. Promovió el Hosquillo para meter osos en Carzorla. Protegió Muniellos para que la fauna del Cantábrico tuvieran allí refugio y los turistas pudieran verla de cerca y peleó lo mismo por las águilas imperiales que por las humildes y diminutas plantas de las dunas cántabras de Liencres.

Presentó batalla, cuando él mismo daba ya todo por perdido. Estaba convencido de que la sociedad neolítica acabaría con el lobo, con el oso y con el lince, antes de que acabara el siglo XX. Que la sociedad moderna, que sustituía a la pastoril, se llevaría por delante águilas, buitres y tantas otras especies. La zozobra de un naturalista como él en los años sesenta del siglo XX, viendo derrumbarse su mundo a toda velocidad, es francamente inenarrable. Pero, sin desfallecer, luchó y, contra todo pronóstico, venció. Logró su propósito, pero no llegó a verlo. Murió en 1980, antes de que las poblaciones de la fauna salvaje empezaran a recuperarse.

Hoy estaría asombrado de lo conseguido por su labor. Solo le provocaría desolación oir que alguien quiera volver a las andadas del pasado, cuando todo indica que su pronóstico de una sociedad capaz de vivir dejando gran parte del planeta a lo libre, a lo salvaje, es una realidad cercana.

La tecnología y la concentración humana en las ciudades, realidades ambas, gusten o no, a las que camina la sociedad humana en general y la española en particular, abren la posibilidad de que en la mitad de España que está siendo abandonada o vive del subsidio sacado de unos impuestos que hacen falta para pagar las pensiones, se pueda recuperar la vida salvaje, Homo sapiens incluido. Gracias a ello, la vida que voluntariamente adopta la mayoría, de querer vivir en las ciudades, será llevadera, e permitir la recuperación de lo salvaje volver a estar en comunión con el mundo libre circundante.

La espiritualidad, no religiosa, basada en la urdimbre de la vida, le embargaba. Ese mundo en armonía, por el que luchaba Félix y luchan sus seguidores, existirá cuando demos un salto evolutivo, gracias a la tecnología. En el vivirá la minoria de personas que aman la vida rural, que no son precisamente los que ahora viven en los pueblos, de mente urbana, sino los urbanos que ansían la vida en el campo y aman la naturaleza salvaje. Una población que deberá coincidir en número con el factor de carga de cada ecosistema. Lo mismo que solo puede haber un bisonte cada 10 hectáreas, el campo podrá estar habitado por una familia humana cada 10 o 20 bisontes o sus equivalentes en otras unidades herbívoras.

La ansiada desactivación de la explosión demográfica se producirá. Será en esa mitad del territorio abandonado o no rentable, en la que recupere la vida salvaje. Allí la población volverá a tener la misma densidad que tuvo a finales del Paleolítico, cuando se calcula España la poblaban unos 100.000 habitantes.

¿Habrá esa cantidad de personas, amantes de lo libre, dispuestas a recolonizar los 25 millones de hectáreas a lo que llegará la Red Natura 2000 cuando las abandonen los neolíticos en los próximos años?

Ellos serán, los que coman los productos naturales –compartidos con los que les visiten– y los que vivan en pequeñas comunidades, no el total de la humanidad, que ni tal vez pueda, ni quiera. El grueso de los humanos querrán comer los transgénicos que ellos mismos produzcan, más seguros, más baratos, de mejor sabor y con propiedades nunca soñadas.

Los “salvajes” ciberlíticos,  vivirán de Internet y de organizar el acceso a lo natural, en momentos de ocio, de los que vivan en las ciudades y de comer, con el mínimo de violencia posible –nada de tiros ni de disfrutar matando– lo que  da lanaturaleza cuando se la deja ser, libre. En esa economía humana, el pacto con el viejo aliado, el lobo, volverá a ser tan importante como cuando hace 10.000 años eran nuestro mejor amigo.

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