Félix Rodríguez de la Fuente y su lucha por el lobo

Por Benigno Varillas

A sus 93 años, a cumplir el 14 de marzo de 2021, Félix Rodríguez de la Fuente seguiría en la brecha como David Attemborough, dos años mayor que él. Qué duda cabe. Su salud y fortaleza era como la de su colega británico. La causa de la defensa de la vida salvaje habría llegado a cotas inimaginables de no haber muerto el primero de ellos víctima de un accidente, por causas desconocidas inexplicables, al estrellarse la avioneta en la que sobrevolaba Alaska hace 41 años.

La lucha épica que llevó Félix a cabo fue la defensa del lobo. (1)

Logró que esa especie no se extinguiera al sacarla en 1975 de la condición legal de alimaña, es decir, de poder ser perseguida a muerte todo el año y los poderes fácticos de la dictadura franquista aceptaran que se la respetara durante la época de cría en la veda de mediados de febrero a mediados octubre. No, como dice alguna y alguno, declarándola especie de caza, que, cazada, ya lo era, sin tregua. 

Lo que hizo fue darle la posibilidad de reproducirse. Si en 15 años, Félix puso a España y a los españoles patas arriba en temas de conservación de la naturaleza, ¿qué no hubiera hecho hasta hoy?

Con él la bandera de “la defensa de los proscritos” que enarboló en 1965 con la declaración de intenciones de su labor en TVE publicada en TeleRadio, ya no habría caza con escopetas y rifles, y sí con lobos, que no de lobos, como la hay con sus descendientes domesticados. (2)

Me alegró ver encabezando el manifiesto de los científicos a favor de que se proteja al lobo, que promueve esta semana WWF–España, la Adena fundada por Félix en 1968, al biólogo de la conservación, Fernando Hiraldo, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). 

En 1985 recibí una llamada suya en la redacción de las revistas Quercus y El Cárabo, que en aquel entonces hacía en solitario los fines de semana en mi domicilio particular con la ayuda de Teresa Vicetto, redactora de Natura, revista de la que yo era asesor, a la vez que trabajaba de redactor de Ecología en el diario El País y de asesor del programa A Ciencia Cierta en TVE.

Me dijo que un joven biólogo de Adena llamado Alberto Larramendi me iba a acercar un texto –entonces todo era en papel, no había ni fax– firmado por él y por su compañero de la Estación Biológica de Doñana, Miguel Delibes, oponiéndose a la decisión de la directora general de Medio Ambiente del Gobierno de España, la socialista Concha Saenz, de incluir al lobo como especie protegida, al transponer la normativa de la Comunidad Económica Europea, CEE, hoy UE, en la que íbamos a integrarnos en 1986, a la legislación española.

Me explicó que el uso del veneno aún era legal y los ganaderos y cazadores lo usarían para combatir al lobo. Esta especie fue, junto a su aliado, el recolector–cazador que habitó España durante miles de años, el enemigo de los pastores neolíticos, violentos guerreros asiáticos que invadieron Iberia hará 5.000 años y sustituyeron la noble función depredadora del hombre por el abyecto exterminio de lo libre.

Cuando me llegó el texto vi que Larramendi también lo firmaba. Qué Hiraldo y Delibes se opusieran a una decisión del primer Gobierno socialista era noticia, pero no un desconocido, y al enviar el texto a imprenta taché su nombre. En la edición en papel el espacio disponible es escaso y cada matriz cuenta. Pero también debió influir el subconsciente. Firmaba como Adena y algo me decía que si su fundador estuviera vivo habría aprovechado el cambio de entrar en la CEE para ilegalizar el veneno, crear el Seprona, meter en vereda a los ganaderos que iban a empezar a cobrar la PAC, la Política Agraria Comunitaria de la Unión Europea y proteger al lobo.

Lo dejó dicho en 1969, en el prólogo a la enciclopedia de la caza que le pidieron sus amigos y mentores, Jaime de Foxá y Alfonso Urquijo: “Matar a un depredador es matar un compañero de cuadrilla. No nacieron para ser cazados, sino para cazar”. A Rodríguez de la Fuente le daba repulsa la caza con armas de fuego y estaba totalmente en contra de que se matara al lobo. Quien diga lo contrario es que no le llegó a conocer. Pero, al margen de eso, que influya en nuestra opinión lo que se decía hace 50 años, es peligroso. Hoy no se decide proteger al lobo porque Félix fuera partidario de ello, hace medio siglo. Lo prueba que Fernando Hiraldo considerara demasiado pronto proteger al lobo en 1986, y ahora ve llegado el momento. En ese tiempo transcurrido el mundo rural con el que se templaba gaitas ha quedado vacío. 

Tienen razón los que dicen airados que la España Vacía no está vacía, que están ellos. En efecto, el medio natural está todo él ocupado por los cuatro que quedan, los que no valían para emigrar, o los que tras hacerlo regresaron al calor de las primas de la PAC, la caza social barata, el agua y las suertes de leña gratuitas, las subvenciones para construir naves, arreglar casas, ambulatorios, escuelas, frontones, postes de la luz y carreteras para cuatro usuarios, y tantos otros privilegios. Todo para, encima, ser cierto, que su vida la quieren muy pocos, para ellos y para sus hijos y, a pesar de tanto derroche de impuestos, que financian lo no rentable, el mundo rural se queda vacío a media que la prensa local y los postes de la luz se llenan de esquelas.

La población rural, en esa mitad de España, superaba hace poco más de medio siglo los dos millones de habitantes. Hoy no debe de llegar a cien mil. Su número era una anomalía, fruto de la bomba demográfica neolítica. Patriarcas que, aunque ya no polígamos ni compraban mujeres para que les parieran más y más mano de obra gratuita, como hacen en África, le hacían a su mujer esclava todos los hijos que podían para tener muchos zagales que cuidaran los rebaños. No es de extrañar que las primeras en huir del campo, y salieran corriendo a la ciudad, fueran las jóvenes que alcanzaban la mayoría de edad.

El mundo rural neolítico es un sinsentido socio–económico, basado en el crecimiento continuo a costa de anexionar y sellar territorio libre a medida que aumenta la legión de parias y esclavos. Es el bastión del Antiguo Régimen. Cuando los que lo controlan abrieron la mano –tras pasar por la piedra a los que se quisieron salir del tiesto en 1936 y tenerlos firmes hasta 1976– tuvieron buen cuidado de implantar un sistema electoral en el que el voto del mundo rural que les sostiene valiera el doble que el urbano, de modo que no se les escape el control del sistema. Gracias a ello, nacionalistas catalanes y vascos gobiernan, aunque saquen menos votos. Los que no admiten nacionalismos locales no combaten esa anomalía porque a nivel estatal también les mantiene a ellos en el poder.

La era postindustrial que genera riqueza con la Sociedad de la Información tambalea esa gangrena que amenaza con matar la economía, no solo por lo que gasta, sino por la riqueza que impide generar. El dinero que se malversa en financiar ganado no rentable en territorio lobero, pasa ahora a constituir y hacer despegar empresas tecnológicas del mercado de la carne de cultivo celular, y otras, para las que la recuperación de la fauna salvaje es el gancho que atrae a una selecta vanguardia de emprendedores en nuevas tecnologías a vivir en la naturaleza en armonía con la vida salvaje. Capacitados para teletrabajar lo están para repoblar zonas remotas, hasta ahora secuestradas por los que no valiendo para zafarse de la vida pastoril, o que volvieron al campo cuando llegaron las primas, exigen al Estado que elimine al lobo para tener ellos carne en el monte que les de acceso a las subvenciones sin tener que ejercer el duro oficio de pastor. Olvidan que la industria no rentable se reconvierte.

La producción de carnes y huertas selectas –financiada por la mayoría de los españoles, que compran lo que se produce industrialmente– va a parar a las mesas de esa minoría pudiente del Antiguo Régimen a la que se le llena la boca, literalmente hablando, con el mundo rural tradicional. ¿Cuántas cestas, quesos, gallos y cabritos, embutidos y estancias rurales de cortesía les llegan a los urbanitas que defienden en los medios de comunicación que se mantenga el subsidio a lo que comen y disfrutan? Podría sorprendernos.

La lucha contra el lobo es un anacronismo. Equivale al de aquellos constructores que se llevaban la arena a camiones de las dunas costeras en los años 60 del siglo XX, sin entender la para muchos delirante idea de Fraga, de que las playas podían servir para atraer a turistas que quisieran ¡tumbarse desnudos al sol!, ¡qué disparate!, y pedía que el cemento se hiciera con arena sacada de las canteras, no sacrificando el recurso de las playas, que pasaron en unos pocos años de no valer nada para los agricultores a ser la primera industria de España.

Hoy el lobo y la vida salvaje es “la arena” de hace medio siglo. No lo destruyamos, que es de los pocos recursos que tiene España, junto al cerebro de ese 70% de jóvenes emigrados, mileuristas o en paro que desean construir la sociedad tecnológica de la información con el rico patrimonio cultural y natural de España, no con un palo y un zurrón para hacerse esclavos de un ganado que nadie necesita y quiere (salvo quien lo degusta pagándole parte de la factura el vapuleado contribuyente, claro).

Si eres un investigador de profesión, firma por favor el Manifiesto de los Científicos a favor del lobo, y si no lo eres firma tu alegación a favor del lobo, pulsando el enlace a la web de más abajo, donde cuelgan dos iniciativas que tienen hasta el día 20 de febrero de 2021 de plazo para que el Gobierno de España ratifique el que una minoría no se nos lleve la arena del siglo XXI y destruya el recurso que puede ayudar a recupera una economía rentable en el medio rural español.

Firma por el lobo y el futuro de España en http://www.wildspain.org/canis-lupus/

(1): Félix Rodríguez de la Fuente. 1974. “Mi lucha por el lobo” Revista Montes. Madrid, nº enero-febrero 1974. Ver PDF.

(2) Félix Rodríguez de la Fuente. 1974. “Defendamos la integridad de la fauna ibérica”. Tele Radio. Madrid, 2 de marzo de 1965. Ver+

Mas información sobre el pensamiento de Félix Rodríguez de la Fuente en:

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