“Defendamos la integridad de la fauna ibérica” (Félix, 1965)

Carta de Felix Rodríguez de la Fuente al Director de la revista Tele– Radio el 13 de febrero de 1965. Todo un manifiesto de lo que quería hacer en TVE y luego hizo. Un documento impresionante y más para la fecha en la que fue escrito:

Muy Señor mío:

“De acuerdo con la conversación telefónica que celebramos hace un par de semanas, tengo el gusto de remitirle un artículo acerca de mis proyectos de defensa de la fauna ibérica en el espacio de televisión Fin de Semana.

Como podrá observar, me interesa más el punto de vista del biólogo práctico, que el del puro cazador. Hablare más del animal perseguido y del animal perseguido y necesitado de defensa, como el lince, el lobo, el águila, que de la caza”.

Texto a publicar:

“Cuando, hace unos días, tuve el honor de hablar ante las cámaras de Televisión Española, precisamente en el espacio Fin de Semana; cuando se me comunicó que podría colaborar periódicamente en el citado espacio, no dudé un momento acerca del lema que debía guiar mi colaboración: defensa de los animales, a ultranza. Defensa de los animales considerados como beneficiosos; animales buenos, porque el hombre puede sacar de ellos unos beneficios materiales o deportivos. Pero, sobre todo –y simplemente porque andan más necesitados de protección-, me propuse abogar por todos esos seres montaraces, valientes y hermosos,  a los que, con más o menos justificación, se ha colgado el sambenito de dañinos. Porque, en definitiva, lo que es precisa salvaguardar, a toda costa, es la integridad de nuestra fauna; tesoro inapreciable del que merced a unas afortunadas circunstancias climáticas y geográficas, todavía disfrutamos.

Es hermoso que en nuestros montes y en nuestras vegas abunden las piezas de caza menor; que pueda sorprendernos esa llamarada súbita que es el salto de la liebre, que el canto bravío de la perdiz ponga vida en las pardas lomas castellanas, que los patos salvajes surquen el cielo de Otoño, en geométricos escuadrones. Pero, no destruyamos, por ello, a las grandes águilas, adorno incomparable de las risqueras ibéricas; no declaremos la guerra al halcón o al azor, orgullosos guerreros alados; no exterminemos sistemáticamente a cuantos seres cometen el pecado de robarnos ocasionalmente “la carne”.

Sobre todo, porque muchos de los animales considerados antaño como dañinos, han recibido hoy el título de beneficiosos. Y la mayor parte de los que están todavía “Fuera de la ley” acabarán siendo protegidos por esta. Y este cambio de criterio no es caprichoso, ni mucho menos.

Ocurre que cada vez es mayor el interés del mundo por la naturaleza. El científico que se ocupa de su estudio –otrora rara avis-, cada día es más numeroso y está mejor remunerado. Sus observaciones pacientes y meticulosas; sus publicaciones, brillantes y bien ilustradas, han ido demostrando y poniendo al alcance del gran público, esa verdad incontrovertible, de que la fauna montaraz no es una caprichosa colección de especies animales, en la que el hombre puede quitar o poner, cual si se tratara de una granja privada, sino un conjunto armónico y equilibrado, en el que cada especie y cada individuo desempeña una misión que repercute en la biología de los demás.

Muchos milenios antes de que el hombre se irrogara el papel de árbitro, nuestras sierras estaban pobladas de cabras montesas, aunque también existiera el lobo. Los venados y los corzos proliferaban, a pesar del lince o del zorro. Las aguas rebosaban de truchas y salmones, sin estar privadas de la nutria o del águila pescadora. 

Y me alegra profundamente proseguir la charla –decía el sábado 16 de enero de 1965 ante las cámaras- porque entiendo que dentro de este espacio informativo de caza, dentro de este espacio de pesca, en los que meticulosamente se informa a cazadores y pescadores de los ríos o serranías donde podrán llenar la cesta de plateados peces o hacer una bonita percha; de los cebos y lances más apropiados para sacar a la trucha saltarina o al lucio voraz; dentro de este espacio, donde las imágenes narran, cada sábado, la muerte épica de perdices, liebres, venados y alimañas, quisiera yo irrogarme el cargo de defensor  de estas gentes montaraces….

Defensor. Amigo y Paladín. Nada más y nada menos que del Lince, la Nutria, el Águila, el Halcón…; los más fieros, los más poderosos piratas de la fauna ibérica. Piratas necesarios. Porque el lince es el mejor amigo del conejo, de la pollada de perdices y de la liebre. El lince combate al zorro, destruye inexorablemente a este astuto y más prolífico carnicero y, con ello, salva muchas vidas de sus habituales presas que, solamente, han de pagar el tributo de la carne a un señor de bastante limitada fecundidad. Donde hay una familia de linces, los raposos desaparecen en gran parte. Se establece un equilibrio entre los predatores, que actúa a favor de sus víctimas. Y otro tanto ocurre con la Nutria, que destruye infinidad de batracios, devoradores de los huevecillos de preciados peces, como la trucha y el salmón; con el águila que se alimenta especialmente  de los individuos peor dotados, de las especies cinegéticas, contribuyendo con ello a la selección natural.

¿Pero… puedo yo aceptar tan honorable , tan importante y romántica misión? ¿Seré capaz de defender a los seres más perseguidos y calumniados de nuestra fauna? ¿Podré convencer a los teleespectadores de que debemos prescindir de la innoble palabra “alimaña”; de que en la naturaleza no hay buenos y malos, sino criaturas, salidas todas de las manos del Creador, que conviven en un perfecto y complejísimo equilibrio?

Mi amor a los animales me da la necesaria audacia; veinticinco años de entrega a su estudio y observación en el campo, me hace entrever el camino del éxito. Porque, si acierto a presentar a nuestros hermanos irracionales tal como son;  si puedo hablar de su lucha –a  menudo dramática- por el sustento, de sus paradas amorosas, de su instinto maternal y tribal; si llego a introducir en el hogar español  a través de la pequeña pantalla, la imagen viva y verdadera de esos seres nuestros, que han compartido nuestra tierra y nuestro cielo a través de milenios, aprenderemos a respetar y amar el mundo animal. Con ello se beneficiará nuestro espíritu y hasta nuestra economía.

Quizá sea necesaria, por mi parte, una más detenida exposición de los hechos que me llevan a defender tan decididamente  la vida salvaje y que, parecen autorizarme, a aceptar esta defensa.

Todo empezó en la alta primavera burgalesa; amplia y fascinante escuela en los días de mi infancia. En aquellas tierras agrestes, abiertas a todos los vientos y a todas las rutas de los pájaros viajeros, el instinto ancestral de acechar, de descubrir nuevas formas y manifestaciones de la vida, constituía para mí una necesidad imperiosa a la par que un verdadero placer.

Aprendí que las bandadas angulares de las grullas, apuntando al Noreste, presagiaban la primavera. , e hice mío su júbilo. Contemplé atónito la bajada del halcón peregrino, cayendo como un proyectil desde las nubes,  para quebrar de un solo golpe el cuello de un pato salvaje, levantado a mi paso. Pude percatarme de que cuando la alondra  macho canta escalando el cielo, en vuelo aparente y provocativo, mientras su hembra incuba, escondida entre la hierba, atrae sobre sí el ataque del esmerejón; descubrí que no es la culebra quien hipnotiza al pájaro, sino éste quien, fingiendo torpeza en el vuelo, en un suicida “cógeme si puedes”, va alejando a la insaciable devoradora de huevos del nido, escondido entre los carrizos.

A los doce años, había comprendido que la naturaleza es armonía; una sinfonía hermosa y salvaje, en la que el más hondo dramatismo alterna en la suprema dulzura; una sinfonía en la que, generalmente, la única nota discordante, suele ser emitida por el hombre.

La práctica ininterrumpida de la Cetrería durante veinte años ha ido familiarizándome más y más con las aves cazadoras y, por extensión, con los mamíferos predatores. Un estudio profundo de las costumbres y régimen alimenticio del halcón peregrino, -aportación española al “Congreso Internacional para la Protección de las Rapaces”, celebrado en Caen en 1964- nos permitió comprobar que la misión de este pájaro, considerado como dañino por nuestra ley de caza, hasta el pasado año, es tan beneficiosa para la caza y la agricultura, que su destrucción ha sido prohibida, en todo el territorio nacional.

Tales conclusiones fueron obtenidas después de 15 años de meticulosa recolección de los restos de las presas de 50 parejas de halcones salvajes. Observamos de cerca los nidos, filmamos las escenas más íntimas de la vida de esta rapaz y nuestra coincidencia con los científicos de otros países, llevaron finalmente al noble halcón a la categoría de intocable. Pero, este hecho en particular tiene en sí la enorme significación de que un animal puede pasar de la lista negra a la absoluta protección en tiempo que se tarda en firmar un decreto. Y yo sé que todas las rapaces y la mayor parte de los carniceros irán traspasando esta terrible frontera, gracias al esfuerzo de pacientes observadores, enamorados de la naturaleza. Empecemos ya a respetarles antes de que su caza se prohíba. Adelantémonos a las leyes de protección con la comprensión y el amor.

En términos generales se ha comprobado que todos los predatores –animales que para alimentarse han de dar caza a otros- actúan movidos por unos estímulos muy semejantes: atacan con prioridad a toda presa que presenta alguna alteración en su aspecto y comportamiento. Sobre todo, si acusa debilidad. Sus víctimas son, particularmente, los individuos enfermos, heridos o peor dotados.  Por ello, los predatores son necesarios para la selección de las especies de que se nutren.  Por otra parte, todos los animales cazadores bien dotados ocupan un territorio, cuya extensión se hace mayor a medida que sus especies de caza disminuyen, y en el que no permiten la presencia que nunca resultan peligrosas. Particularmente atacan a seres tan perjudiciales como los córvidos –grajos y urracas-, pájaros muy prolíficos, ladrones de huevos y polluelos, abundantísimos hoy día, precisamente, por la gran destrucción de rapaces nobles que se ha hecho.

El espacio de este reportaje no me permite exponer con más detenimiento los hechos que han llevado a las autoridades cinegéticas de muchos países a revisar totalmente el capítulo de las alimañas. Nuestro Servicio Nacional de Pesca Fluvial y Caza está realizando un detenidísimo estudio de los predatores españoles, del cual ha editado ya un avance de verdadero interés.  A él pertenecen las fotografías de la nutria y la marta que ilustran este reportaje.

Más, de nada servirían todas las medidas legales proteccionistas, vano resultaría el convencimiento de los científicos, de la necesidad de respetar el equilibrio biológico, si estos conocimientos y disposiciones, convenientemente divulgados, no llegan al ámbito rural.

Y no existe tribuna de tan amplio alcance como la televisión para exponer todos estos hechos ya comprobados. Si cada semana se va presentando un animal salvaje, explicando su misión en el medio ambiente, humanizando sus ansias, sus luchas y sus alegrías, si llegamos a despertar en las nuevas generaciones del campo –pendientes ya de la pantalla de su receptor- una curiosidad hacia la vida salvaje  y un auténtico conocimiento que, sin duda, se trocará en respecto, habremos conseguido salvar nuestro tesoro zoológico.

No olvidemos que el más profundo amor y compenetración con el animal salvaje experimentado por la humanidad, dio lugar, en el seno de una cultura multimilenaria de cazadores, a esa Capilla Sixtina del arte rupestre, que es la cueva de Altamira. El poderoso cazador del paleolítico, pintó con amor, con increíble conocimiento, al animal que constituía su pieza de caza a la vez que su tótem.

El verdadero cazador es, ante todo, un amante de la pieza que persigue, aunque tal amor parezca paradójico; es su más acabado defensor.

¿Pero, cuántos verdaderos cazadores quedan, inmersos en la suprema armonía de la naturaleza, como aquellos hombres de Altamira?

Creo sinceramente que todo hombre que se echa al campo, arma al brazo, dispuesto a disparar sobre todo lo que se mueve, llegaría a respetar al animal si pudiera conocerle en su auténtica dimensión biológica. En los Países Nórdicos, en Alemania, en los Estados Unidos, se cazó sn discriminación, se mutiló la fauna. Hoy, los amantes y protectores de la misma, son tan numerosos y eficaces que no se precisarían leyes protectoras.

Todavía estamos a tiempo.”

Fdo: Felix Rodríguez de la Fuente

(Para + información sobre el pensamiento de Félix Rodríguez de la Fuente, ver: https://www.laestirpedeloslibres.club/)

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