¡VEN AQUÍ, HERMANO LOBO!

Ejemplar de Lobo Ibérico del Zoobotánico Jerez.

Era un día desagradable en la ciudad de Gubbio (Italia). Llevaban un tiempo en el que muchos animales amanecían muertos y personas de la ciudad desaparecían sin dejar rastro. Pero, por los rumores de los mismos ciudadanos, decían que había sido un lobo de gran tamaño, color parduzco y afilados colmillos.

Tras aquellos comentarios, un bondadoso monje llamado Francisco decidió aventurarse al monte para encontrarse cara a cara con aquel can, con el fin de intentar tranquilizarlo. Cuando lo halló, le dijo: “¡Ven aquí, Hermano Lobo! No temas, no voy a hacerte daño. Tan sólo he venido hasta aquí para traer la Paz”. Consiguió que fuese hasta él y ganarse la confianza del animal. Tras este suceso, el miedo, la ira y el odio hacia estos seres se apagaron en la ciudad italiana. Enlazaron una unión tan grande, que el lobo tenía total libertad para caminar entre ellos, permitiéndose el lujo hasta de entrar en sus casas.

El franciscano, pasó a llamarse “San Francisco de Asís”. Obró el milagro de hermanarse con la peor de las fieras, la representación del mismo demonio, el Lobo. Por ello, hoy 4 de octubre, “Día de San Francisco de Asís”, también es declarado como “Día Internacional de los Animales”.

Aquí en España, siglos más tarde, ocurrió algo similar. En la década de los 70 quedaban los últimos ejemplares de Lobo Ibérico, concretamente en las Serranías del Norte, en la Sierra de la Culebra (Madrid y Castilla León) y en Sierra Morena (Jaén, Andalucía). Eran llamados “alimañas”, debido a los diversos ataques al ganado y sus cabezas eran bien pagadas a los mejores cazadores de las diferentes ciudades.

Al igual que en la historia anterior, había un humilde naturalista, de un pequeño pueblo llamado Poza de la Sal. Su nombre era Félix Rodríguez de la Fuente. Él se había criado con ellos, cuando dormía, siempre escuchaba sus aullidos desde la cama. Tenía tal capacidad de convicción, que consiguió que todos los españoles dejasen de llamar a este hermoso animal aquel horrendo nombre y lo amasen tanto como él.

Llegó a declararlo como “especie cinegética”, es decir, especie que se puede cazar con moderación, evitando que fuese aniquilada durante todo del año incluidas las épocas de veda. Esto ayudó a que el lobo se recuperase de manera natural, aumentando su población considerablemente.

Tras el triste adiós de Félix, nuestro “Francisco de Asís Ibérico”, en 1980 el lobo ha ido caminando solo junto a su manada. La admiración de la ciudadanía la sigue teniendo, hay muchos expertos que trabajan codo con codo con ellos pero el objetivo principal aún no se ha alcanzado. No lo podemos llamar “especie protegida”. Técnicamente se dividen estos animales, en ejemplares que habitan por “Encima del Río Duero” y por “Debajo del Duero”. Estos últimos se refieren a la zona de Andalucía, donde prácticamente no quedan, y recientemente se le otorgó el grado máximo de protección por estar amenazados.

Ahora existen diversos problemas medioambientales, como la sobrepoblación de grandes herbívoros, que están destrozando los bosques mediterráneos, o transmitiendo enfermedades como la tuberculosis bovina o la pseudorrabia. El hombre solo no puede solucionar este enorme problema, está demostrado científicamente, necesita ayuda de alguien más. Y el lobo necesita la ayuda de otro ser que pueda conseguir el objetivo que tenía aquel Doctor burgalés. Si se unifican, como aquel monje franciscano y el cánido, obtendremos el equilibrio que falta en nuestros montes.

Para ello, habrá que decir; “¡Ven aquí, Hermano Lobo! Ambos nos necesitamos”.

Texto publicado por Jesús Gil Morión.

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