19 julio, 2016

The Bear

Capitel de oso en el claustro de Santa María la Real de Nieva, Segovia (Foto©: BVarillas)

por José A. Valverde

Las comunidades zoológicas han cambiado mucho con el tiempo. En la zona de Los Millares –un yacimiento del bronce megalítico de la Almería desértica, que parece una lagartijera– un amigo arqueólogo excavaba cuernas de ciervos enormes. En Valladolid habían desaparecido en el año 1952 todas las especies de caza mayor que, sin embargo, se conservaban en Doñana. Si esto era generalizable al conjunto peninsular, ¿hasta qué punto las comunidades que estudiábamos representaban el clímax o eran sólo restos esquilmados de éste?

Para saberlo había una fuente preciosa, “El Libro de la Montería”, escrito en el siglo XIV por el rey de Castilla, Alfonso XI, muy difícil de encontrar porque se había publicado sólo dos veces:

1) – 1582. “Libro de la Montería que mandó escrebir el muy alto y muy poderoso Rey Don Alonso de Castiella, y de León, Vltimo de este nombre”. Acrecentado por Argote de Molina. A. Pescioni, Sevilla.
2) – 1877. Gutiérrez de la Vega, J. “Libro de la Montería del Rey D. Alfonso XI”. Tomo I – Bibl. Venatoria Española. Imp. M. Tello, Madrid.

La caza medieval de aquellos grandes señores era en aquella época muy distinta de ahora. Al rey Alfonso XI le interesaban sólo osos y jabalíes, por ese orden, y les cazaba como se había hecho siempre en la montería real, es decir cercando el monte de madrugada con voceadores de a pie que solían situarse a lo largo de las crestas para rodear algún valle de unos 5 a 10 km de largo donde se supiera que había oso. En los escapes naturales de los animales se apostaban las armadas del rey, que esperaban a caballo y a veces a pie firme, acompañados por perros de agarre.

Para obligar al oso a levantarse, salían muy de mañana los monteros de traílla que llevaban un sabueso encargado de levantar la presa y de seguirla. Otros monteros iban soltando perros tras la pista del venado –venado viene de venar, que es cazar en montería, y no de ciervo– hasta que cargado de canes se decidía el oso a romper saliendo del monte y era recibido a lanzadas por el cazador.

Capitel de oso en el claustro de Santa María la Real de Nieva, Segovia (Foto©: BVarillas)

El arma que se empleaba era la azcona, una lanza de ancha hoja cortante en cuya base tenía dos crucetas redondeadas que servían para, apoyándolas contra el animal, girar la moharra destrozándole interiormente. Se usaba también la lanza arrojadiza o jabalina, y para usar de ambas con osos y jabatos se debía tener un valor poco común, de donde resultaba el autoaprecio en que se tenían los monteros.

El LM, siglas que le asigné, describe más de 1.500 montes del reino donde el rey castellano cazaba osos y jabalíes, que eran las dos piezas de caza mayor que le interesaban. Me dediqué a localizarlos y hallé que, en efecto, las comunidades actuales eran formas muy degradadas de las de seis siglos antes, cuando cada cordillera o zona abrupta albergaba esas dos especies más lobos y ciervos. Había entonces osos en las laderas del Estrecho de Gibraltar; invernaban en las umbrías del Guadarrama y llegaban a los bordes de la Marisma de Doñana.

Existía una España que desconocíamos y todas las cuerdas del alma empezaron a vibrar indicando que allí había un tema de investigación apasionante.

La mayoría de los montes estaban descritos en función del área a batir y del lugar donde debían de colocarse los puestos de espera. Ambos se definían con topónimos referidos a lugares tan nimios que muchos no aparecían en los mapas, ni siquiera en los 1:50.000 que podían consultarse. Por una parte, pues, debía buscar los datos en el campo y, por otra, tenía que ver los montes y, si era posible, pisarles, única forma de hacerme una clara idea de su topografía, vegetación y situación relativa, datos esenciales para recomponer lo que seis siglos y medio antes habían escrito. El terreno a cubrir era inmenso. Se extendía desde Galicia hasta Murcia y desde las Encartaciones –límite entre Santander y Vizcaya– a Huelva.

Oso pardo fotografiado en libertad en la frontera de Finlandia con Rusia. Foto©: Teresa Vicetto.

Decía el LM:

“En los meses de Enero, Febrero y Marzo, … los osos yacen echados lo más de este tiempo, y cuando salen, andan mucho y son muy malos de hallar y son muy magros.”

“En la “ida más fresca de la mañana … que paren siempre mientes los de la busca de catar en este tiempo si hobiere berros o cañahierba (?), o en los fontanares o en los arroyos donde hubiere hierba verde, porque es la vianda de que más se paga en este tiempo” en que “las cenas, como dicho habemos, hacenlas luengas.”

“El berro, tambien mencionado en el Tratado de la Montería de Iranzo como alimento básico de primavera, parece ser Nasturtium officinale R. Br. o mucho más improbablemente Cardamine pratensis L. “berro de prado.” No he sabido localizar la cañahierba.”

“Los meses que son mejores para correr monte son Abril y Mayo (…) Señaladamente en estos dos meses los osos comienzan a entrar en fuerza y hallará hombre en un monte tres o cuatro juntados más que en otro tiempo”.

“Agostada. Siendo la noche mucho más corta, los osos debían buscar comida en las cosechas de alto rendimiento energético, haciendose notoriamente antropófilos en esa época. En el texto de la Parte III hay numerosas referencias al “tiempo de panes” y “de colmenas”, así como alguna al del ganado en las sierras. Probablemente las horas de campeo eran cortas, por lo que recomiendan ”que le hallen con el rocío de la mañana antes de que entre la siesta.”

“Las citas de osos en “tiempo de uvas”, dicen: “Y en los diez días por andar de Agosto y Septiembre, andan los venados muy gordos y hallan mucho de comer y hállalos el hombre muy ciertos, señaladamente a donde vienen los venados a las uvas. Y en las tierras tempranas va entrando la friura y pueden entonces los canes muy bien correr.”

“Aparte de proteger los bosques acotados, el rey castellano Alfonso XI protege ya en el siglo XIV a las hembras de oso con crías. “Todo montero debe escusar de non correr osa con Oscaños, salvo con gran mengua de oso apartado”.

“Miguel Lucas de Iranzo, que por entonces tenía establecida su lujosa corte en Jaén, y su hermano Fernando, comendador de Montizón, que escribió un fantástico libro de caza, el “Tratado de Montería”. Aunque casi desconocido, ese tratado, cuyo original se conserva en Londres y que fue traducido en 1936, es un manual de ecología muy adelantado a su tiempo. Ahora, que hay una edición barata de ese libro excepcional, no debiera irse a Cazorla y Segura sin llevarle leído y bajo el brazo.
Los Iranzo eran empedernidos cazadores de osos, tanto como para decir Fernando que “… en mis monterías, fasta el dió qu´esto escreví, son muertos noventa y siete osos machos y fembras, ostanios chicos y grandes, y de monteros de mi casa pasan de veynte los tomados dellos … 120 osos muertos!”

“El Tratado de la Montería (TTM) es el segundo libro científico sobre la naturaleza ibérica –después del LM– y quizá el primero que se haya escrito en Europa sobre observación de campo, ecología y etología.”

“Campeo diario se realiza entre dos puntos: la “querencia”, donde el animal se encama de día, y la “cena”, que es a donde va a comer. Según el TTM,
los osos de Sierra de Segura eran trashumantes, abandonando la sierra a fines de octubre hacia los cuarteles de invierno en el valle del Guadalquivir y Guadalmena (solanas de Sierra Morena), regresando en marzo.”

“Los osos, especialmente los madrigados (adultos) buscan extremo de verano y tambien de invierno, mayormente cuando son criados en tierras en que cargan y se detienen mucho las nieves, y en las más tierras tienen sus lugares ciertos y trochas y veredas por donde hacen los tales pasos de un extremo a otro en sus tiempos ciertos…

“En tierras de Segura, por la mayor parte en fin de octubre, que son acabadas las mieses y los otros frutos de que ellos se mantienen, temiendo las grandes frialdades, los osos se pasan a la jara y a los ríos de Guadalquivir y Guadalmena, que son tierras calientes, y en el mes de marzo vuelven, huyendo de la calor, y de la ladilla y ardor de la jara”.

“Las migraciones otoñales se realizaban en busca de los encinares y su abundante y dulce bellota. Ahora bien, la bellota es pobre en proteínas y mal alimento para los animales en crecimiento, mientras que hace engordar mucho a los adultos. Esta es la probable explicación del diferente comportamiento de los grupos de edades.”

“Iranzo señala la importancia de la predación en la dieta del oso mediterráneo, que en esta época anterior al celo era la preferida: “ … pero todos estos mantenimientos se les hacen nada, y cuando pueden haber carne salen a los ganados, y más a lo cabrío que a otro ninguno”.

“… en los meses de junio, julio y agosto, los dichos osos han dejado el celo y quedan flacos y no hay tiempo que menos hallen de comer y por tanto siguen mucho los ganados, que doquiera que andan, allí son ciertos, y a donde hay colmenares.

“En el verano el oso busca las umbrías frescas. Hablando de los montes de La Tejera (LM 1403) y de Hoyo Guarde, (LM 1388) en el nacimiento del río Mundo, dice que “son muy queridos de los osos, especialmente en verano, por el gran frescor dellos”

Describe aquí Iranzo lo que el LM llama “tiempo de uvas”, a fines del verano:
“Otrosí, en los meses de septiembre, octubre y noviembre, los dichos osos y puercos tienen esta forma de vivir: en este tiempo las noches son bien crescidas y fallan mucho de comer y salen a las viñas qu’están en la comarca que ellos las pueden alcanzar; ansi mismo, todas las frutas vienen entonces, especialmente las monteses. que son estas: piñones (varias especies de Pinus) y avellanas (Corylus avellanus), maguillas (Pirus malus), que son manzanas montesinas, servas (Sorbus sp.), peruétanos (Pirus bourgeana), endrinas (Prunus Mahaleb, P.sp.), majuelas (Crataegus sps), madroños (Arbutus unedo), vespejones (?), que son casi de natura de níspolas, salvo que son pequeñas.”

“Iranzo a hacer hincapié en la importancia de las bellotas como fruto de engorde otoñal. Es el “tiempo de lande” del LM.”

 

Epílogo  “El Libro de la Montería”

Ahora he de añadir un epílogo a este capítulo del LM, y es que en 1998 nos reunimos en Madrid un editor, el representante de una banco, y el de un servicio medioambiental, para entre todos intentar sacar el libro del oso adelante en el año 1999. Con el siglo vamos, porque la idea era ofrecerle como regalo de Navidad para el cambio de milenio. La historia es una prueba de la tenacidad de Benigno Varillas, un educado y perseverante periodista, hondamente preocupado por la naturaleza, y que contra viento y marea ha sabido sacar durante muchos años una revista que ha llegado a ser el vademecum de los conservadores de la naturaleza en España: Quercus.

En 1992 Varillas estuvo en casa, hablamos de publicar ese libro y desde entonces no ha cesado de gestarlo, aunque casi siempre a través de representantes ministeriales que duraban en sus puestos mucho menos que sus proyectos de acción y desarrollo. El conjunto ha sido una buena demostración de la incapacidad realizadora del Estado español, encorsetado en estructuras cuyos individuos constituyentes cuidan mucho de mantener inamovibles y rígidas.

Esto es distinto en los países activos. Si un organismo vivo es una suma de estructuras óseas que soportan músculos motores y responden a impulsos nerviosos centrales o periféricos, en un conjunto en el que la agilidad y la potencia están unidos para generar un rápido movimiento, el organismo español parece una vieja carcasa con unos pocos músculos tan anquilosados por la edad, que apenas si tiene energía para mantenerse penosamente en pie, como esqueleto antidiluviano en un museo. La juventud ingeniosa y audaz que pretende moverle se mella los dientes y desgasta, se ve sometida a la impávida estolidez de los figurones y sólo cuando se rinde y acata el sistema le es permitido incorporarse a él, evidentemente para continuar la tradición. ¡Qué doloroso, pero a lo largo benéfico, sería una jubilación general de funcionarios a los 45 años!

Volvamos al LM. Antes de irse a Suráfrica por un tiempo, Benigno organizó en 1998 la reunión de referencia y parece incluso posible que el LM acabe publicándose antes de mi óbito”.

José A. Valverde, Sevilla, 2001

 

(NOTA del editor: Valverde falleció en abril de 2003 sin que su obra sobre “El libro de la Montería” viera la luz. Solo años después, la Universidad de Salamanca hizo una versión en DVD, que a ver si algún día se dignan a ponerla on line en una WEB en Internet, para disfrute de todos los hispanoparlantes del Mundo).

 

Bibliografia:

– Valverde, J.A. 1996, “Sobre la autoría del Tratado de Montería
del siglo XV”. Rev. Lit. Medieval, VIII:229–37.
– Valverde, J.A. 1992. “Del lobo en Iberia”, en “Los lobos de Morla”.
– Valverde, J.A. 1991. “Trampas y cepos en España”. En “Manual de ordenación y gestión cinegética”. Institución Ferial de Badajoz. pp. 321–332.
– Valverde, J.A.1981. “Un viejo cepo astur”. Trofeo, 134:24–27.

 

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