Quema de zonas oseras

Una columna de humo contaminante perturba de repente el cielo soleado de Asturias. Es como un hongo atómico que se eleva entre las cumbres. Roberto Hartasánchez hace conjeturas con los del pueblo sobre dónde puede estar el fuego.

El regreso del oso al valle deja de ser el tema de conversación. Todo gira ya alrededor de dónde arde. Será por la Peña. Igual es en el Páramo. Roberto arranca. Acelera a pesar de las curvas en la estrecha carretera. Para en el bar de Llamosu. Tampoco nadie sabe a ciencia cierta de dónde sale la columna de humo.

El coche del FAPAS vuela más que corre. Podría ser una zona de bosque donde se encama una osa. En la paramera deja el coche y la pista. Coje una pequeña tronzadora y sale corriendo por un camino de cabras monte arrriba, en dirección a la columna de humo.

Al llegar cerca del fuego corta una gran rama y empieza a cortar a golpes el avance de las llamas en dirección al bosque donde sabe está la osera. Afortunadamente el viento sopla en dirección contraria y solo cuando amaina las llamas avanzan ladera abajo.

Por la zona donde se ha originado el incendo se ve claramente que la intención era quemar el matorral de brezo de la parte alta del monte. Pero el fuego se extiende caprichosamente según sopla el viento o deja de hacerlo. Muchos árboles sucumben a las llamas y hacen que la virulencia  y la temperatura del fuego se eleve a niveles apocalípticos ladera arriba. La lengua de fuego que Roberto ha apagado se reaviva dos veces. A la tercera vez que las golpea con la rama, las llamas se dan por vencidas.

En otra zona no lejana surge otra columna de humo. Es otro foco de fuego. Nadie aparece a apagarlos. Al oscurecer nos vamos. A la mañana siguiente el fuego ha consumido toda la masa vegetal combustible que encontró en la dirección que le llevaba el viento en dirección a la cumbre y se ha apagado. Nacerá el pasto debajo de la ceniza, pero las polladas que a finales de abril ya estaban con huevos no lo harán, lo mismo que las crías de los mamíferos y reptiles en las madrigueras o las bellotas, hayucos y otras semillas germinadas que han muerto.

La alternativa a este modelo neolítico de gestión del suelo es que si la ganadería ya no puede con los montes, devuelva el territorio que hace 3.000 años arrebató a los herbívoros salvajes. Las cabras monteses, rebecos, corzos y ciervos, uros, bisontes y tarpanes, volverán a evitar por pisoteo y siega a diente que crezca el matorral má allá de lo que es su distribución natural. El fuego será también parte de los ciclos, pero los que cause el rayo ya no serán tan virulentos como en los montes en los que por la acción u omisión del hombre dejan de pastar los herbívoros, salvajes o domésticos.

 

 

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