Iberian Rewilding & Tracking Platform Background

La evolución de la sociedad post–industrial trabaja a favor de la naturaleza. Los territorios de clima extremo y de orografía abrupta no compiten con la ganadería y la agricultura altamente productiva, lo que ha motivado que la población rural que habitaba las zonas marginales haya emigrado de forma paulatina a las ciudades. La falta de relevo generacional, al no interesarse la juventud por algo no rentable, provoca que grandes extensiones del país queden abandonadas.

El proceso aún aumentará si, como se anuncia, en 2020 se quitan las ayudas a las explotaciones agropecuarias no rentables y se aplica ese dinero a promover un desarrollo válido para nuestros jóvenes, como es el sector de las nuevas tecnologías, la cultura y el arte. En un país cuya primera industria es el turismo y la segunda la producción agraria intensiva de invernadero y regadío, eso parece tener más sentido que gastar el dinero en querer tener cabreros en los pedregales. Fue una idea que expuso el primer ministro británico Tony Blair en diciembre de 2005, durante el turno de Gran Bretaña al frente de la presidencia del Consejo de Ministros de la Unión Europea. La propuesta fue aceptada por los estados miembros, pero España incumplió lo acordado al sustituir en 2007 el Partido Popular al PSOE en el Gobierno y dar el nuevo ministro de Agricultura, Arias Cañete, marcha atrás a esa reforma drástica de la Política Agraria Comunitaria. Así se entiende el Brexit, y ahora el Catexit.

La flora y la fauna salvaje se recupera en los espacios abandonados de forma natural y espontánea. Empieza el matorral; brotan los árboles; aumentan las poblaciones de corzo y jabalí. Tras ellos, el lobo, las aves de presa, los depredadores en general, conquistan el campo. Un cambio de ciclo, en el que las zonas menos fértiles y poco productivas tienden a volver a su estado original salvaje, tras desaparecer la población rural que vivió hasta hace poco en ellas en condiciones neolíticas.

Pero hay tres especies de animales, claves para los ecosistemas europeos por ser esenciales para mantener el equilibrio ecológico, que ya no volverán nunca jamás por sí mismas, por mucho abandono rural que venga. Son los grandes herbívoros salvajes, que el hombre erradicó por completo de su estado libre: el uro, el bisonte y el tarpán. Animales que fueron los más representados, junto con el ciervo, en el arte paleolítico que decora las cuevas y los abrigos pétreos de España y del sur de Francia.

Que los pintaran, una y otra vez, los recolectores–cazadores que poblaron Iberia desde hace 40.000 años, hasta hace nada más que 9.000, indica que eran piezas claves, no solo de los ecosistemas, sino también de la vida de los europeos arrinconados por los glaciares, durante decenas de miles de años, en la mitad sur del continente.

Desde 1960, el despoblamiento rural de España se va consumando de forma inexorable. Los intentos de los políticos por contrarrestar la tendencia de la población rural a migrar a la ciudad fracasaron. Invirtieron grandes sumas del escaso dinero público, que nos sacan del bolsillo a los contribuyentes con los impuestos, para mantener de forma artificial, con subvenciones y primas ganaderas, las actividades no rentables de unos pocos, dispuestos a vivir en el medio rural si se les subvenciona. Pero al emplear muchos de esos beneficiarios el dinero para dar estudios a sus hijos y comprar pisos en las ciudades, no solo no se frenó el abandono rural, sino que la PAC y las políticas de desarrollo rural lo han acelerado y agudizado.

El gasto se justificaba inicialmente por la seguridad alimentaria. La estrategia militar, en una posible guerra contra el bloque comunista, motivó la Política Agraria Comunitaria, PAC, orientada a mantener todas las estructuras agropecuarias de la Unión Europea, aunque no fueran competitivas en el mercado mundial, por si algún día había que autoabastecerse.

Superada la Guerra Fría, con un mundo tan globalizado que la autarquía es una quimera, se ha cambiado el argumento para continuar repartiendo esos miles de millones de euros. Ahora se apela al beneficio ambiental de mantener abiertos los montes para dificultar los grandes incendios forestales y ayudar a los procesos ecológicos. Pero, tener grandes herbívoros en el monte, que cumplan esas funciones ecológicas, no requiere subvencionar con primas ganaderas de por vida a nadie. Antes de que hubiera pastores con vacas y caballos, España estaba llena de sus ancestros: lo uros, los tarpanes, los bisontes y los humanos primigenios.

El Rewilding 

Se llama rewilding a las acciones tendentes a recuperar la estructura original de la comunidad faunística de un territorio. Para ello se asilvestran razas domesticadas de bovino y equino y se reintroducen especies desaparecidas.

El caso del bisonte europeo (Bison bonasus), que nunca fue domesticado, es diferente al de uros y tarpanes. Una veintena de ejemplares sobrevivieron cautivos en varios zoos. A principios del siglo XX se formó con ellos una manada que se liberó en el bosque polaco de Bialowieza. De ella descienden los 4.000 bisontes europeos que hay en la actualidad, 2.000 en grandes espacios, en libertad, y otros 2.000 en pequeñas reservas y recintos zoológicos.

Los uros y los tarpanes corrieron peor suerte. Los últimos ejemplares salvajes de los ancestros de los toros y de los caballos domésticos murieron hace un par de siglos. Pero quedaron sus genes en sus descendientes domesticados. Aunque la mayoría de las vacas europeas procedan de la domesticación del uro asiático y alguna, como la retinta, dicen que de vacas domesticadas a partir del uro africano, y no del europeo, hay especies rústicas ibéricas que podrían tener genes del uro europeo. Lo mismo ocurre con los caballos.

Pero en el rewilding lo principal no es recrear uros y tarpanes genéticamente puros. Basta con recuperar animales que realicen las funciones de sus ancestros, básicamente que sepan defenderse de los ataques del lobo y que aprendan a sobrevivir y a realizar sus funciones ecológicas con la menor tutela humana posible.

El objetivo del rewilding es conseguir pirámides tróficas completas de herbívoros y carnívoros, lobos incluidos, así como de otros depredadores. Una manada de bovinos, de equinos o de bisontes, se considera asilvestrada cuando vive bajo la presión de los depredadores.

Los grandes herbívoros asilvestrados o salvajes, se defienden del lobo mejor que el ganado, al organizarse no en rebaños sino en manadas naturales, y ser más rústicos y resistentes.

Para ello es esencial la estructura formada por un macho dominante y varias hembras. En la ganadería moderna hay rebaños de hasta cientos de vacas con un solo toro, cuando no inseminadas artificialmente. A esa desestructuración de sus mecanismos de supervivencia se une el de que el ganado doméstico se seleccionó por su capacidad de engorde y docilidad, lo que lo deja inerme ante un depredador que les arrebate las crías.

En los proyectos de rewilding se requieren superficies de diez a veinte hectáreas por cada animal adulto, frente a las de dos a siete hectáreas de las ganaderías de toro bravo en la mitad sur de España y las muchos más intensivas de la ganadería convencional en la mitad norte.

Los machos dominantes de una manada de bovinos, equinos o bisontes salvajes, defienden el territorio de sus competidores, luchando por las hembras. Ese comportamiento ajusta así de forma natural la presión herbívora repartiéndose sobre el territorio las poblaciones salvajes de forma coincidente con la capacidad de carga de la vegetación.

En la ganadería actual, el sobrepastoreo por la excesiva concentración de herbívoros en una misma zona es motivo de erosión del suelo y contaminación de las aguas cercanas a los establos. Las elevadas poblaciones de ganado doméstico, con seis millones de vacas, 16 millones de ovejas, tres millones de cabras, cincuenta millones de cerdos y más de medio millón de caballos, suponen una fuente de emisión de gases de invernadero significativa, según advierten los que investigan la aceleración del cambio climático.

Para hacernos una idea aproximada, si se destinaran los 20 millones de hectáreas menos productivas de España, que son las que se han abandonado en los últimos sesenta años, a ser gestionadas produciendo herbívoros asilvestrados y salvajes, a razón de 20 Ha por cada uro, tarpán o bisonte, habría una población total de un millón de grandes herbívoros más la que ya hay de corzos, ciervos, jabalíes, cabras monteses y otros pequeños herbívoros. Las cabras domésticas y las ovejas domésticas no estabuladas, como lo son ya la mayoría de las que comemos, son inviables en un mundo que se va asilvestrando, al haberles dejado su espacio libre a los lobos los ganaderos que abandonaron los montes, por más que ellos sostengan con toda convicción que fueron Félix Rodríguez de la Fuente, y sus seguidores, los que los fueron soltando.

La menor producción de carne de los herbívoros salvajes respecto a los domésticos, alimentados con piensos y tratado con un remate final en el cebadero, que aporta grasa y peso a las reses, se compensa en el rewilding con los ingresos adicionales que generan los bisontes, uros y tarpanes con el turismo y por ser factible comercializar su carne en circuitos diferenciados, como el de la paleodieta, de moda en California, con lo que no tardará en llegar a Europa.

En un futuro esperamos que el rewilding también aporte rentabilidad por ser el gancho que permita atraer a naturalistas teletrabajadores a venir de cualquier parte del mundo a vivir en los espacios naturales ibéricos.

Planteamos que deslocalicen su puesto de trabajo para desarrollar su actividad laboral actual por Internet desde el campo, a la vez que participan en los proyectos de rewilding. Ubicar la residencia de esos teletrabajadores internacionales en parroquias en declive poblacional permitiría crear un tejido humano rural conservacionista y productivo.

Al igual que en esas 20 millones de hectáreas abandonadas, que coinciden en gran parte con los 12 millones de hectáreas de la RedNatura2000, hemos calculado que podría haber una población de un millón de grandes herbívoros salvajes, de cibertrabajadores “asilvestrados” el rewilding en Iberia podría llegar a 100.000 teletrabajadores–conservacionistas habitando y gestionando el campo asilvestrado, es decir una densidad humana de una persona cada 200 Ha.

Es probable que el humano anterior a la domesticación fuera como es aún el recolector–cazador que llegó a nuestros días, y como deseamos que lleguen a ser los humanos del futuro: esencialmente pacíficos, cooperativos, igualitarios, universales, comedidos, ajenos al militarismo, a la dominación, a la jerarquía, al machismo, a la religión, al nacionalismo, al despilfarro y a tantas lacras neolíticas que nos atenazan.

No son fantasías rousseaunianas. Los mil bosquimanos hadzabé de Tanzania, que viven exclusivamente de lo que colectan y de lo que cazan, tienen aún esas características y no se apean de ellas a pesar de conocer desde hace siglos el mundo neolítico.

La recuperación de los valores de los hombres salvajes no domados, es decir, libres, es esencial para el desarrollo de la arquitectura mental de la humanidad de la Sociedad de la Información y el Conocimiento. Un mundo libre, sin fronteras, universal, de teletrabajadores autónomos, con una economía global pero descentralizada, desarrollando empresas cooperativas, con sistemas informáticos de vigilancia y de control de las operaciones financieras, que hagan difícil delinquir.

El rewilding puede generar ese nuevo mundo rural, avanzado y dinámico, que reinvente la conservación de la naturaleza, la ganadería, la caza y hasta las fiestas de los toros bravos y caballos salvajes, en el que el mundo rural sirva para conectar al mundo urbano con la vida libre y salvaje.

Hay un rechazo creciente en la sociedad actual, particularmente entre los jóvenes, a la caza deportiva o de ocio, a las corridas y encierros de toros y hasta a las sacas de yeguas. Es un fenómeno que los que siguen las tradiciones que les inculcaron de pequeños, no entienden y ridiculizan o combaten. Pero esa hipersensibilidad de una minoría de hoy es la de una vanguardia que el día de mañana será mayoría social.

Son aun muchos los que se escandalizan de que haya quien diga que se opone a la caza por considerar inaceptable que se le descerraje un tiro a un animal salvaje, arrebatándoselo a los suyos sin necesidad alguna, solo por el placer de matar.

Lo mismo ocurre con los antitaurinos, incomprendidos en su lucha por acabar con fiestas basadas en divertirse viendo acorralar y matar a un toro bravo o marear a una vaquilla, o sacar de sus territorios y derivar a las yeguas salvajes para cortarles las crines y quitarles los potros más crecidos. También resulta extraño el movimiento vegano, que rechaza consumir carne por motivos filosóficos, no admitiendo que se mantengan animales domesticados cautivos para sacrificarlos y comérselos.

A los que no entienden estas sensibilidades cabe recordarles que también se vituperaba hace menos de dos siglos a los que querían abolir la esclavitud de los seres humanos, considerada entonces totalmente normal por todas las culturas neolíticas al ser la esencia de su existencia.

Las personas avanzadas no son ridículas, como algunos creen, sino la vanguardia de un ser humano que está por venir y que superará con los avances tecnológicos la mentalidad neolítica que aún domina el mundo. Adelantados que anuncian una humanidad más espiritual, en la que primará lo inmaterial, el desarrollo del intelecto, la creatividad, la no violencia y la libertad, entre otros valores que ya tuvo el hombre antes de la domesticación. Pero entre esos valores también estaban el cazar y capturar animales para comerlos, aunque con una actitud muy diferente, en la que la faceta depredadora cambia al abordarla como parte del ciclo de la vida, no como una diversión.

No se trata de acabar con la caza, los toros, la saca de equinos, la ganadería no rentable, el funcionariado excesivo y el ecologismo apesebrado, sino de reinventarlos. Lo que urge abolir y erradicar es al hombre neolítico que llevamos dentro. Reinventar esas actividades implica que los humanos que pisen el campo estén integrados y en armonía con el proceso de la vida. Eso implica mucha, mucha, mucha formación. Esos miles de millones de euros que la Unión Europea destina a formar a los jóvenes en paro y se emplean en formaciones obsoletas, deberían estar disponibles para prepararlo para este cambio de paradigma.

Para el hombre paleolítico, como lo es aún para el bosquimano hadzabé de Tanzania, o para quien intente vivir en la naturaleza entendiendo y respetando a otros depredadores, la caza, como captura de energía vital, ejercida con las técnicas menos violentas –que no son las armas de fuego, ojo– es tan consustancial a su ser como lo es para su antiguo aliado el lobo, para un guepardo o para cualquier otro depredador.

El mayor disparate cometido por los conservacionistas europeos fue prohibir la caza a los bosquimanos en los parques nacionales africanos, metiéndolos en el mismo saco de los cazadores neolíticos, blancos y negros. Prohibir cazar a un bosquimano o a un pigmeo salvaje es una aberración que solo se puede entender como fruto de la ignorancia. Es como si de los depredadores del Serengeti se decidiera impedir cazar al licaón, por haber prohibido la entrada al parque nacional con perros domésticos sin entender que el perro salvaje africano nada tiene que ver con ellos por mucho que tengan el mismo nombre y aspecto.

En Europa no solo se necesita recuperar al uro y al tarpán a partir de sus descendientes domesticados. Hay una tercera especie, clave también en los ecosistemas, que fue domesticada y erradicada en estado libre hasta acabar con el último de sus miembros. Una especie que es la más importante de todas las que debemos recuperar.

Se debe hacer con ella como con los uros y los tarpanes, que solo se pueden traer de nuevo al mundo a partir de sus descendientes domesticados. Y como pasa con el uro y el tarpán, si ya no es posible recuperar todos su genes y capacidades, al menos recuperemos sus valores, que deben volver a formar parte de nuestra esencia.

Es el Homo sapiens magdaleniense, exterminado por los pastores y agricultores neolíticos hasta no quedar ni uno. El europeo de hace 10.000 años, que capturaba y cazaba sacralizando a sus presas, integrado en el flujo de la vida, como indica el arte rupestre y los recolectores–cazadores que aún quedan en África.

Hay que devolver la libertad a las vacas, a los caballos y también al pastorcillo domesticado por su padre en la noche de los tiempos. Invertir en formación, y prepararnos para asilvestrar nuestra mente de modo que podaos desarrollar la sociedad de la información rural. Es un paso que hay que reclamar a nuestros gestores públicos y representantes políticos.

La población de españoles recolectores cazadores, los que pintaron Altamira, fueron extinguidos en libertad, pero siguen en los genes de todos los europeos, más en los de algunos que de vez en cuando afloran con un sentido de la pertenencia, espíritu de rebeldía y ansias de libertad tan fuera de lo común, como es el caso de algunos naturalistas, que parecen de otra especie o de otra galaxia.

El rewilding reinventa, pues, hasta al propio hombre, además de a la conservación de la naturaleza, al aparato administrativo, a la ganadería, la caza, los toros y los rodeos. Devuelve su esencia a actividades que en origen fueron consustanciales al hombre paleolítico, cuando era una pieza más de la cadena trófica.

Capturar y comer carne de animales silvestres, o asilvestrados, debe servir a los europeos que apoyen el rewilding a entender el valor de lo libre con respeto y espiritualidad. Siendo el paleolítico ateo –aunque lo sacralice todo en una conexión espiritual con la vida que ya quisieran para si los místicos– cabe compararlo con el ritual cristiano de la comunión.

Es esencial recuperar el sentido de la transcendencia que tenían los recolectores–cazadores paleolíticos cuando capturaban y consumían grandes presas, a tenor de lo que se sabe de los pueblos primitivos actuales y la interpretación que cabe hacer del arte rupestre. Arrebatar vida para incorporar la energía de la presa a uno mismo, sin despilfarrar ni un gramo de biomasa, y no cazando más de lo necesario para nutrirse, son normas sagradas de la naturaleza salvaje.

El hombre paleolítico sacralizaba el acto de cazar o capturar lo libre con desagravios, manteniendo una comunión con lo vivo de lo que se alimentaba, traducida en danzas y narraciones que aún hacen las etnias que llegaron a nuestros días.

El rewilding debe hacer entender a toda la sociedad que consumir carne de seres libres, cazados con respeto, de la forma menos estresante posible para la presa –que es el arco si se sabe usar– o la captura en vivo con esas artes hoy desacreditadas por haberse desvirtuado al transformarse en sádicos espectáculos sangrientos, es ayudar a restaurar el mundo prístino perdido, casi olvidado, que corresponde al hombre verdadero, como se autodenominan así mismos los pueblos paleolíticos que aún quedan, y que entroncan con el humano del futuro.

Comer de forma consciente alimentos silvestres, en particular carne de seres libres, permite volver a formar parte de la urdimbre en la que la relación depredador–presa representa la transferencia de energía de unas formas de vida a otras. Una cadena trófica que comienza por el sol, continua en los vegetales, los herbívoros, los carnívoros y los carroñeros para acabar en las bacterias que descomponen la materia orgánica y permiten que el ciclo pueda iniciarse de nuevo.

Es una opinión personal mía, no amparada por trabajo científico ni opinión anterior alguna, pero pienso que no descabellada, imaginar que las corridas y encierros de toros y la saca de yeguas pudieron tener su origen en la forma de capturar esas especies en tiempos remotos, trasladando las presas vivas a los campamentos nómadas para sacrificarlas en el momento conveniente.

Suscita esa idea el comentario de Ricardo de Juana, que convivió dos décadas con caballos losinos asilvestrados, de que los caballos, estructurados en manadas naturales en los montes obarenes en superficies grandes, con presión lobuna en los últimos años, y completamente asilvestrados, tenían un comportamiento manso y se dejaban capturar.

Lo mismo ocurre con los caballos de las retuertas de Doñana e incluso con los caballos przewalski que tenemos en España, con lo que para hacerse con su carne más que lanzarles azagayas basta con atraerlos con comida a una cárcava natural y allí pescarlos con largos palos a los que se ata un lazo, como aún se hacía hasta hace poco con los caballos asturcones en la sierra asturiana del Sueve o en las rapa das bestas gallegas. En Doñana la saca de yeguas consiste en que unos jinetes acorralen a las manadas hasta encerrarlas en recintos desde los que las llevan a la carrera hasta El Rocío, donde se celebra la feria de ganado.

En Doñana también sobrevivieron hasta hace cincuenta años personajes míticos como Menegildo que, ademas de ir siempre descalzo, capturaba a la carrera y a pecho descubierto –para que las posibles cornadas no le rompieran la camiseta de tirantes, única vestimenta que se le conocía– tentando y luego agarrando por los cuernos, hasta voltearlas e inmovilizarlas, a las peligrosas vacas salvajes mostrencas que crían todavía hoy completamente libres en el monte bajo cercano a la marisma.

Las fiestas de toros en Portugal mantienen esa práctica, de derribar a toretes y vaquillas cuerpo a cuerpo. Cuando en aquellos tiempos, sin nevera, se las cazaba a tiros, la carne no aguantaba en buenas condiciones hasta su consumo y capturarlas vivas aumentaba su valor.

En España la fiesta acabó transformada en espectáculo tipo coliseo romano, donde prima la sangre y se acosa y fustiga a los animales de manera inaceptable para la sensibilidad de la sociedad moderna. Un sector importante, particularmente la juventud, las cuestiona, al punto de que cualquier día un referéndum acabará no solo con esas prácticas en su versión degenerada, sino con la posibilidad de recuperar las esencias de las mismas, lo que sería grave por ser parte del manejo natural de estos animales por parte de la especie humana cuando ésta era una más en la urdimbre de la vida.

En algunos proyectos de rewilding está previsto que la captura de los grandes herbívoros salvajes con técnicas ancestrales a las que se remontan las corridas y encierros de toros, las sacas de yeguas, la caza con arco y el consumo de la carne, lo mismo que movimientos migratorios que se puedan recuperar siguiendo las cañadas, sean oportunidades de encuentro y participación para obtener apoyo social.

El Tracking

Los herbívoros asilvestrados no se pastorean, se les sigue. Se les maneja lo mínimo posible. Su seguimiento se hace de igual manera que el de cualquier otra especie de la fauna salvaje, por contacto visual directo, siguiendo sus rastros o marcándolos con radiocollares.

El tracking, o seguimiento de la fauna rastreando, tiene la función de controlar las poblaciones de fauna de un territorio. El hombre paleolítico desarrolló esa habilidad a niveles difíciles de entender por el hombre moderno. Un estudio publicado en 2012 por Sarah Tishkoff et all., de la Universidad de Pennsylvania, demuestra que los bosquimanos y pigmeos tienen varios millones de variaciones en su genética, referidas a los sentidos, que hemos perdido los humanos domesticados. (1)

Igual que nos es imposible situarnos en el nivel auditivo de un búho, en el visual de un halcón, en el táctil de un elefante, en el gustativo de una serpiente o en el olfativo de un lobo, no podemos ponernos en las capacidades mentales del homo sapiens salvaje que dependía de su cerebro y de los sentidos para sobrevivir.

Las huellas que dejan manos, pies, colas o picos en el suelo; los arañazos de garras y cuernas para marcar árboles o paredes de las cuevas; las ramas rotas al trepar en busca de frutos; las piedras volteadas en busca de insectos; los pelos que quedan enganchados en las cortezas de los árboles al restregarse para marcarlos; los pasos de setos y caminos; las sendas; los excrementos; los marcajes de orina; la dirección de una hierba inclinada; las camas; las bañeras; los nidos; las madrigueras; los sonidos; los olores, son tantos y tantos los códigos de lectura que tiene el rastreo, que su uso combinado y diario fue clave para que la especie humana desarrollara el cerebro y con el unas capacidades mentales que hemos perdido con la domesticación y la vida sedentaria lejos de la naturaleza y su implacable proceso de selección.

Poco dotados para la fuerza bruta, sin colmillos, ni velocidad, ni otras facultades, los humanos han tenido en la necesidad de procesar tanta información obtenida al rastrear las presas, y a la velocidad de una computadora que requiere hacerlo a la carrera detrás de una presa, que la evolución les forzó a desarrollar el cerebro como órgano especializado para sobrevivir. El animal “poca cosa” en casi todo –pinza con el pulgar y visión frontal aparte– salió por donde pudo, que fue haciéndose inteligente.

A esas habilidades, los rastreadores modernos han añadido una fundamental, que son las cámaras de fototrampeo. También el seguimiento por marcaje con emisores, los drones dotados de microcámaras y otras tecnologías. La información que se obtiene permite comprobar el estado de las poblaciones de animales o ver si se alcanzan los objetivos de los proyectos de reintroducción de especies. Igualmente aporta datos para la investigación científica.

Pero el tracking también puede tener una aplicación adicional, de una fuerza extraordinaria para involucrar a la sociedad en la acción conservacionista, e incluso para desarrollar una economía que haga rentables zonas rurales marginales y éstas pasen de ser subsidiarias y en declive a ser un motor económico que recupere el tejido social rural y reequilibre la distribución de la población.

Hay ya varios miles de personas en España que tienen como profesión el privilegio de desempeñar una actividad laboral consistente en seguir durante durante ocho, cuando no doce horas diarias, a especies emblemáticas de la fauna salvaje, como el oso, el lince, el quebrantahuesos, el lobo, los bisontes y otro animales, o la migración de aves, la fauna cercana o profundizar en los descubrimientos paleontológicos y antropológicos del hombre primitivo.

Una gran mayoría son vocacionales y, aunque los sueldos del sector son más que modestos, no cambiarían su trabajo por nada del mundo. De hecho, el común de los mortales pagarían por desempeñar su labor. Ellos lo hacen cobrando. Su sueldo sale de los impuestos de esos que tienen trabajos de esclavos y ven cómo les deducen la mitad de lo que ganan, vía impuestos directos e indirectos, para destinarlo a pagar a esos rastreadores que ellos quisieran ser, y al resto de funcionarios que proporcionan servicios, por supuesto.

El contribuyente amante de la naturaleza, no solo es el que paga, sino que es, además, el que en su día presionó a la Administración Pública para que dejara de destruir la naturaleza. Obtuvo una magra respuesta al clamor social que suscitó, movilizando a los medios de comunicación con batallas épicas como las de Phoracantha y Greenpeace en los años setenta y ochenta del pasado siglo XX. La respuesta de los políticos fue, más que proteger la vida salvaje, crear más y más estructuras administrativas medioambientales, justo esas en las que ahora trabajan miles esos miles de gestores, técnicos, investigadores, guardas y miembros liberados de fundaciones y asociaciones ecologistas que llevan una vida privilegiada y envidiada en cuanto al disfrute de la naturaleza se refiere.

La política de conservación de la naturaleza no logra, a pesar de los esfuerzos, controlar a los destructores del medio rural pero, paradójicamente, a los que si controla y bloquea, a veces con saña y escarnio, es a los amantes de la naturaleza que intentan conservarla.

Los que han conseguido cobrar un sueldo por vivir de y en la naturaleza, a cargo de los presupuestos generales del Estado –privilegio inventado por ingenieros de Montes deseosos de darle al gatillo y heredado por afortunados biólogos y naturalistas– han llenado el campo de carteles de “prohibido el paso, salvo a vehículos autorizados”, colocados en todas las pistas que se adentran en la naturaleza. Una medida que podría favorecer a la fauna y a la flora salvaje si no fuera porque entre los que sí pueden pasar hay una minoría –no la mayoría– de ganaderos y cazadores locales que prenden fuego al monte, colocan veneno, furtivean, ponen bañeras como bebederos del ganado, tiran basura, talan árboles y hacen atentados ecológicos de todo tipo. Mientras, los que tienen prohibido el paso son los que antaño recorrían esos caminos denunciando esos y otros atentados ecológicos. Además de esa grave disfunción, está la frustración que se ha creado en esa capa social que quiere conservar la naturaleza ve que esta ahora se limita casi a ponerle limitaciones para disfrutarla y de paso poder vigilarla.

Con que algunos de los mejores rastreadores que se dedican a seguir fauna, compartieran lo que ven y observan a través de un medio de comunicación basado en la realidad virtual, se reduciría notablemente este malestar, al permitir aunque sea virtualmente el acercamiento a la fauna de un gran número de amantes de la naturaleza, y que la puedan contemplar en las pausas de cuando están “remando” para poder financiar todo ese entramado que pone los carteles de prohibido el paso.

Pero se podría llegar más lejos. Qué menos que al que esté avalado por una asociación conservacionista reconocida, su carnet de socio –emitido y avalado por una junta directiva que responda de su fiabilidad– le sirva de permiso para circular por esas pistas ahora mismo reservadas solo a guardas, ganaderos, cazadores locales y propietarios. Se conseguirían unos expertos aliados para vigilar y se promocionaría al mismo tiempo el asociacionismo, liberando al presupuesto publico de estar permanentemente reclamado por ser la única fuente de financiación de la mayoría de las ONG, ya que con un buen número de socios que paguen su cuota se harían más independientes.

Para dar salida a estas y otras ideas, estamos diseñando la plataforma de comunicación WildEuropa y seleccionando naturalistas de campo que trabajan de rastreadores en el seguimiento de especies emblemáticas para proyectos de entidades públicas y privadas.

Les proponemos trasladar su día a día con una metodología de comunicación que haga que el público pueda “acompañarles virtualmente” en sus salidas diarias al campo. Oír o leer sus comentarios y ver imágenes de especies emblemáticas en zonas donde el ciudadano normal tiene prohibido el paso, o imposibilidad de tiempo para acceder aunque se lo dieran con el pase ese que reclamamos. Una plataforma llena de vídeos, fotos, audios y textos que retransmitan en semidirecto lo que captan a diario sus ojos, las cámaras de fototrampeo y otros sistemas de registrar información, todo ello editado adecuadamente por un equipo de redacción que le de emoción y atractivo.

La vida salvaje es una pieza clave de la sociedad digital. En paralelo a la liberación de territorio, es preciso “asilvestrar” la mente humana. Hacer que el sentido de lo libre y los valores que fueron básicos en el hombre primigenio, vayan en alza.

Las nuevas generaciones tienen un acercamiento mental y un respeto por los animales  y lo libre como nunca antes había existido. No solo afecta al maltrato de la fauna y la flora, sino al rechazo de comportamientos sociales neolíticos, como la corrupción, la violencia, la estafa, el despilfarro o la dominación. Sin embargo, no se están incorporando al movimiento asociativo de defensa de la naturaleza como cabría esperar.

Hace falta reinventar el concepto de conservación de la naturaleza, tanto para estimular a la sociedad a secundar ese empeño como para que el aparato administrativo y burocrático que se ha creado a su alrededor se reconvierta en un tejido humano eficaz, que haga posible integrar en la vida en el campo a los teletrabajadores que quieran sumarse a las iniciativas y a los proyectos de rewilding en España.

Plataforma “WildEuropa”

La Plataforma WildEuropa aprovecha las oportunidades que ofrece la era digital para recuperar lo libre, lo salvaje y sus valores, que son a los que aspiramos alcance la sociedad de la información y el conocimiento. Intenta montar ese medio de comunicación que cuente el día a día de personas que tienen el privilegio de trabajar con especies emblemáticas y temas claves para lograr que compartan sus vivencias virtualmente.

Hay un grupo en whatsapp de “WildEuropa”, que recoge la información que se va generando, al que invitamos a todo interesado.

Los Blogs/WEB temáticos, con páginas en la redes sociales de facebook, twitter, linkedin y otras, cubren de momento las especies y temas siguientes :

Hay un grupo en whatsapp de “WildEuropa”, que recoge la información que se va generando, al que invitamos a todo interesado. La lista de rastreadores contactados está en: http://www.wildeuropa.com/platform/trackers/

Los Blogs/WEB temáticos, con páginas en la redes sociales de facebook, twitter, linkedin y otras, cubren de momento las especies y temas siguientes:

Oso / Bear

Lobo / Wolf

Lince / Lynx

Bisonte / European Bison

Uro / Auerochs

Tarpán / Wild horse

Rapaces / Raptors

Gypaetus / Vultures

Migration

Las entidades a las que pertenecen los rastreadores son, de momento:

ATN – Portugal

GONHS – Gibraltar

España:

FAPAS

GREFA

Harmush

EBCC 

Paleolítico Vivo

EBD

Fundación Conservacion Quebrantahuesos

Fundación MIGRES

Fundación Gypaetus

El Cárabo

Los seguidores de esta plataforma de comunicación sobre el día a día de la fauna emblemática, se darán de alta aceptando unas condiciones de uso que permitan financiar la tarea de los comunicadores que hagan posible la plataforma y la de los naturalistas de campo que la protagonicen sacando recursos de los bigdata y del crowdfunding.

Unas herramientas de medición, seguimiento e impacto de cada entrada, permitirán hacer un reparto equitativo de hipotéticos ingresos. La información estará en inglés y castellano.

Hay páginas en Facebook y perfiles en Twiter de una veintena de corresponsalías internacionales, para que en cada país circulen las entradas de las diferentes páginas y redes temáticas. Buscamos voluntarios que acepten la labor de  community manager externos, de cada una de las 14 entidades que aglutinan a esos 40–50 naturalistas y 30 corresponsales en otros tantos países para hacer internacional la plataforma ( Se buscan expertos en WordPress).

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Notas:

(1) TISHKOFF A. et all. 2012. “Evolutionary History and Adaptation from High-Coverage Whole-Genome Sequences of Diverse African Hunter-Gatherers” Elsevier Inc. “Cell”. http://www.cell.com/abstract/S0092-8674(12)00831-8

https://blogs.scientificamerican.com/talking-back/out-of-africa-startling-new-genetics-of-human-origins

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